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Fragmentos de tinta

Jose Carlos Botto Cayo

Cuando era joven,
tomaba aquellos cuadernos
y entre sus páginas gastadas
iba dejando mis líneas.

Dejaba que las letras
se fueran dibujando,
guardando entre sus trazos
las palabras que no sabía decir.

Eran silencios escritos,
pequeñas historias de tinta,
un mundo que respiraba
entre los papeles de mi vida.

Cuando fui creciendo,
las letras crecieron conmigo.
Aprendieron otros nombres,
otros tonos,
otras maneras de quedarse,
como si también ellas
aprendieran a vivir.

Se volvieron libros,
se volvieron estrofas,
se volvieron aquello
que necesitaba arrancarme del pecho
para seguir caminando.

En aquellos cuadernos
también quedaron mis años,
las voces que me acompañaron,
las habitaciones de entonces,
las calles que fui dejando
mientras el tiempo
seguía su camino.

Hubo letras de invierno,
palabras nacidas del amor,
versos que fueron heridas
y otros que encendieron
una luz pequeña
en medio de la noche.

Cada libro fue una puerta,
cada estrofa, un espejo,
cada poema, un camino
donde aprendí a reconocerme
cuando alrededor
todo era silencio.

Poco a poco, mi alma
dejó de escaparse.
Dejó de huir por las noches
y comenzó a quedarse
en cada hoja,
en cada margen,
en cada fragmento de tinta.

A veces fueron sueños.
Otras, heridas.
También quedaron allí
los recuerdos de aquellos días
en que bastaba una tarde,
una calle,
una voz cercana,
para sentir que el mundo
todavía tenía algo que decirme.

Y fue así que las letras y yo
fuimos dibujando caminos,
tratando de esconder
y de revelar al mismo tiempo
ese mundo que había nacido
en algún lugar profundo de mí
y que solamente encontraba salida
cuando comenzaba a escribir.

Hoy regreso a los cuadernos
y encuentro al joven que fui.
Lo reconozco entre las páginas,
en la tinta envejecida,
en una palabra corregida,
en algún verso que aún respira.

Todavía escribe.
Todavía conversa conmigo.
Todavía deja algo de su alma
en cada palabra
que vuelve a nacer.

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