José Carlos Botto Cayo
Hay espacios pequeños,
silenciosos y fríos,
donde el tiempo
parece detenerse.
Entre palabra y palabra
guardamos emociones,
recuerdos que regresan
desde el fondo de la memoria.
Las sensaciones aparecen
y luego se marchan,
como la vida,
sin pedirnos permiso.
Durante años dibujamos letras
para nombrar lo vivido;
pero llega un momento
en que las palabras
ya no alcanzan.
Entonces cerramos los ojos.
En la oscuridad,
un reflejo despierta
la llama que llevamos dentro.
Y todo cambia:
la noche se abre
y el fuego descubre
lo que aún no sabíamos nombrar.

