José Carlos Botto Cayo
Un cazador se interna en el bosque detrás de un jabalí. Antes ha oído el llamado de un paujil, como si el monte le ofreciera una pista. Cuando encuentra huellas, descubre algo extraño: una parece humana; la otra, de una fiera. El animal que perseguía no era lo que parecía. Tampoco lo era el pájaro que lo había conducido hasta allí. En una versión recogida en San Martín, ambos eran engaños del Chullachaqui.
La escena guarda una de las claves de este personaje amazónico: la señal que permite reconocerlo no está siempre en su rostro ni en su voz. Está en el suelo, en la huella que delata al visitante. El Chullachaqui puede adoptar la apariencia de un animal o de una persona conocida, pero algo en su paso rompe la semejanza. Ese detalle explica su nombre, asociado a los pies desiguales. Y, sin embargo, ni siquiera el pie tiene un lado fijo en todas las versiones.
Un personaje, varios relatos
En Mitos, leyendas y cuentos peruanos, publicado en 1947 por José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos, aparecen cuatro narraciones vinculadas con el Chullachaqui: dos tituladas “El Chullachaqui”, una procedente de San Martín y otra de Loreto; “El cazador y el Chullachaqui”, también de San Martín; y “Los chanchitos”, de Loreto. La variedad importa. No estamos ante un relato único que se transmite idéntico, sino ante historias relacionadas por un personaje y ciertos motivos, pero con episodios y desenlaces propios.
En “El cazador y el Chullachaqui”, el protagonista sigue señales de animales cada vez más adentro del bosque. Las huellas revelan que el paujil y el jabalí eran formas usadas para desorientarlo. En el relato de la joven que pesca en el riachuelo Cumbaza, la trampa adopta otra forma: un paraje hermoso la atrae y luego se estrecha; aparece un caballero cojo, bien vestido, que la invita a continuar. La mujer termina retenida en una cueva y solo logra salir después de que un sacerdote bendice los caminos y los cerros.
La versión loretana cambia nuevamente el peligro. Dos hermanos entran a cazar y el Chullachaqui suplanta a uno de ellos. El otro advierte que el bosque que atraviesan le resulta desconocido y descubre los pies desiguales de su acompañante. Reconoce al impostor y se protege con la señal de la cruz. En estas historias, el engaño no ocurre de una sola manera: puede empezar con una presa, con un camino seductor o con la confianza entre hermanos.
La recopilación de Arguedas e Izquierdo Ríos permite ver el alcance de esa diversidad. El personaje no se define solamente por su deformidad, sino por una relación inestable entre apariencia y reconocimiento. Quien se interna en el bosque debe aprender a mirar de nuevo aquello que parecía familiar.
La huella y sus variaciones
Francisco Izquierdo Ríos volvió varias veces sobre el Chullachaqui en sus libros y relatos. En las versiones que estudia el investigador Gonzalo Espino Relucé, la característica del pie desigual permanece, pero el lado cambia: en el texto de 1939 el pie derecho es menor; en versiones posteriores, el izquierdo. Es un detalle pequeño, pero ayuda a corregir una idea extendida: la tradición oral no siempre conserva un modelo anatómico definitivo.
La huella funciona como una prueba narrativa. El personaje puede parecerse a alguien querido, pero no consigue borrar del todo la diferencia. A veces la descubre el cazador en la tierra; otras, el hermano al mirar los pies de quien camina junto a él. En la historia de la joven del Cumbaza, el indicio inicial no es una pisada, sino el camino que se angosta y la presencia de un hombre cojo. Cada relato organiza la sospecha a su manera.
En Ande y Selva, publicado en 1939, Izquierdo Ríos reunió escenas que amplían el repertorio del personaje. Allí el Chullachaqui puede tomar la forma de personas, árboles, aves, perros o corrientes de agua. También aparecen relatos donde atrae a un niño bajo la apariencia de una gallina blanca con sus polluelos, y otros en que deja un olor fuerte, semejante al de un chivo. El bosque entero parece ofrecer disfraces posibles.
Conviene recordar qué tipo de fuente tenemos. Izquierdo Ríos no presenta estos episodios como un informe de hechos comprobados: su libro es una obra literaria que recoge y recrea relatos transmitidos por personas de su entorno, entre ellas su tía Orgía, además de otros narradores. Esa mediación no disminuye el valor del texto. Nos permite apreciar cómo la memoria oral entra en la literatura y cómo, al pasar de boca en boca y luego a la página, una historia conserva motivos mientras cambia de forma.
El peligro de confundir
En algunos relatos, el Chullachaqui no se limita a extraviar a quien camina solo. También despierta un temor que puede tener consecuencias entre las personas. Izquierdo Ríos incluye una historia trágica en la que un hijo confunde a su padre con el ser del bosque y lo mata. La escena introduce una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la sospecha, alimentada por el miedo, vuelve irreconocible a alguien cercano?
Esa posibilidad da otra dimensión al relato. La selva puede ocultar, pero el miedo también altera la mirada. Si el Chullachaqui adopta el rostro de un familiar, la defensa depende de detectar una diferencia mínima. El pie desigual se vuelve entonces más que una marca fantástica: es la última comprobación ante una identidad que parece verdadera.
No hay que leer estos relatos como descripciones literales de un peligro verificable. Su fuerza está en la manera en que convierten en historia una experiencia de incertidumbre: perder el rumbo, no saber quién camina al lado de uno, seguir una señal que conduce más adentro. El mito da forma a esas inquietudes y las vuelve transmisibles.
El guardián del bosque
En Narraciones de la Amazonía, Róger Rumrrill presenta una faceta que desplaza el centro del relato. El Chullachaqui aparece ligado al cuidado del bosque y al límite que no debe cruzarse. En la narración “El chullachaqui, dios ecológico del bosque”, el personaje se relaciona con la defensa de los animales y los árboles frente a la caza y la tala excesivas.
Esta versión no elimina al engañador de los otros relatos, pero modifica la pregunta que queda al final. Ya no se trata únicamente de cómo escapar de él: también importa qué conducta pudo provocar su aparición. La selva no es un escenario vacío donde el protagonista persigue animales o atraviesa caminos. Es un espacio con reglas, presencias y consecuencias.
Esa lectura tiene actualidad, aunque sería un error reducir el personaje a una consigna ambiental reciente. La tradición amazónica contiene relatos de extravío, captura, engaño, castigo y protección; distintas versiones hacen énfasis en motivos distintos. Algunas presentan al Chullachaqui como una amenaza para quien se pierde; otras, como guardián de un orden que los humanos pueden vulnerar. Juntas, no forman una doctrina uniforme, sino un repertorio cambiante.
Una presencia que sigue cambiando
El Chullachaqui ha continuado entrando en la literatura y en otras formas de creación. Su permanencia no depende de que cada autor repita una descripción invariable. Al contrario, su capacidad de transformarse hace posible que cada narrador destaque un aspecto distinto: el animal que conduce al cazador, el desconocido que suplanta a un hermano, el hombre cojo que abre un sendero, la presencia que castiga el daño al bosque.
Por eso el pie que cambia de lado no es un error que haya que corregir para fijar una versión oficial. Es una señal de la vida del relato. La historia se conserva, pero cada comunidad y cada narrador decide qué detalle vuelve reconocible al personaje y qué peligro necesita contar. En una versión habrá que mirar las huellas; en otra, desconfiar del camino; en otra, preguntarse qué se ha hecho con el bosque.
Quizá esa sea la razón por la que el Chullachaqui todavía inquieta. No porque siempre aparezca de la misma manera, sino porque obliga a revisar lo que creemos estar viendo. En la espesura, una huella puede desmentir al cazador; un sendero hermoso puede cerrarse; y quien camina a nuestro lado puede no ser quien dice ser. La historia pide atención. En el bosque, distraerse puede bastar para perder el camino.
Bibliografía
José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos. Mitos, leyendas y cuentos peruanos. Ministerio de Educación Pública, 1947. Registro bibliográfico.
Francisco Izquierdo Ríos. Cuentos. Obra completa, tomo I. Edición, compilación y prólogo de Gladys Flores Heredia. Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2010. Registro en Google Books.
Nécker Salazar Mejía. “Seres imaginarios y motivos de la literatura oral en Mitos, leyendas y cuentos peruanos de José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos”. Boletín de Literatura Oral, n.º 9, 2019, pp. 223–248. Artículo completo.
Gonzalo Espino Relucé. “El Chullachaqui en los apuntes de Francisco Izquierdo Ríos”. Artículo.
Róger Rumrrill. Narraciones de la Amazonía. Biblioteca Nacional del Perú, 2024. Edición digital.

