Fantasmagórico: la carcajada que quedó en nuestra memoria

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José Carlos Botto Cayo

Quienes fuimos niños durante los años setenta no conocíamos la palabra anime. Para nosotros eran dibujos animados que aparecían por la tarde en la televisión y nos llevaban hacia lugares que existían en la pantalla. Entre esas series llegó Fantasmagórico, un héroe dorado que tenía una apariencia extraña, llevaba una capa y anunciaba su presencia con una carcajada imposible de olvidar. Podía parecer un personaje destinado a causar temor, pero aparecía para defender a quienes estaban en peligro. Esa diferencia fue suficiente para que ocupara un lugar especial entre los recuerdos de una generación.

Detrás de aquella serie había una historia más antigua. El personaje había nacido en las calles japonesas alrededor de 1930, pasó por las historietas y el cine, y llegó a la televisión en 1967. Más tarde fue conocido en América Latina y apareció en el Perú por la señal de Panamericana Televisión. Su historia hablaba de la Atlántida, de un héroe que había dormido durante diez mil años y de un científico llamado Doctor Zero que quería dominar la Tierra. Todo eso se juntó con el doblaje en español y con las tardes familiares para convertir a Fantasmagórico en una presencia que todavía acompaña nuestra memoria.

De las calles japonesas a la televisión

El origen de Fantasmagórico se encuentra en el kamishibai, una forma japonesa de contar historias mediante dibujos. Los narradores recorrían las calles en bicicleta y se detenían en los barrios para reunir a los niños. Llevaban una caja de madera donde iban colocando láminas mientras relataban cada aventura. Cambiaban las voces, aumentaban el suspenso y dejaban la historia en el momento preciso para que el público regresara al día siguiente. Era una manera sencilla de despertar la imaginación, mucho antes de que la televisión entrara en todos los hogares.

En ese ambiente apareció Ōgon Bat, nombre que significa Murciélago Dorado. Ichiro Suzuki creó el argumento y Takeo Nagamatsu realizó los dibujos que le dieron su imagen. En vez de presentar a un joven sonriente, imaginaron a una figura dorada con una expresión que podía causar miedo. Sin embargo, era un defensor de la justicia. Allí estaba la fuerza del personaje: demostraba que el bien no siempre tenía que presentarse con un rostro amable. Los niños japoneses aceptaron aquella propuesta y comenzaron a seguir sus enfrentamientos contra criaturas, científicos malvados y máquinas que parecían venir del futuro.

Fantasmagórico apareció antes que Superman y Batman, por lo que es considerado uno de los primeros superhéroes de la época moderna. No nació en una editorial ni dentro de una campaña comercial. Surgió alrededor de un narrador que mostraba dibujos en la calle y dependía de su voz para mantener atento al público. Con los años, el personaje sobrevivió a la guerra y a los cambios vividos por Japón. Sus aventuras fueron llevadas a las historietas y luego al cine. En 1966 se estrenó una película con actores reales que presentó varios elementos utilizados posteriormente por la serie animada.

La animación comenzó a transmitirse en Japón el 1 de abril de 1967 y concluyó en marzo de 1968. Fueron 52 episodios llenos de laboratorios, ciudades perdidas, monstruos mecánicos, cambios en el clima y armas capaces de destruir el planeta. La producción fue realizada por Dai-Ichi Dōga y contó con participación de animadores surcoreanos. Los medios técnicos eran limitados, pero los creadores sabían utilizar la música, las sombras y el silencio. Cada capítulo desarrollaba una amenaza y conducía hacia el instante esperado: la aparición del héroe acompañado por su carcajada.

Fantasmagórico y el mundo del Doctor Zero

La historia empezaba con la búsqueda de la Atlántida. María era hija de un arqueólogo cuyo barco había sido atacado por una criatura mecánica. Sola, era rescatada por el Doctor Steel y sus compañeros, quienes viajaban en una nave de forma circular. El grupo llegaba hasta las ruinas de la antigua civilización y encontraba una tumba que permanecía cerrada desde hacía diez mil años. En su interior descansaba Fantasmagórico. María vertía agua sobre él y conseguía devolverlo a la vida. Desde aquel momento se establecía un vínculo entre ambos.

Cuando aparecía el peligro, María pedía su ayuda. Primero surgía un murciélago dorado y luego se escuchaba aquella risa que anunciaba su llegada. Fantasmagórico podía volar, atravesar distancias y enfrentarse a enemigos que parecían invencibles. Llevaba una vara plateada y poseía una fuerza extraordinaria, pero no pronunciaba largos discursos. Hablaba poco y dejaba que sus acciones explicaran quién era. Esa manera de aparecer solamente en el momento necesario aumentaba el misterio y hacía que los niños esperaran con impaciencia su entrada en cada episodio.

Al otro lado se encontraba el Doctor Zero, un científico empeñado en conquistar el mundo. Tenía cuatro ojos de colores, una garra mecánica y una fortaleza desde la cual dirigía sus planes. Cada derrota provocaba uno de sus ataques de furia. Cerca de él estaba Gorgo, un ayudante que cometía errores y recibía sus amenazas. También aparecía el Doctor Muerte, una versión oscura del protagonista que utilizaba su poder para destruir. Los enemigos eran exagerados, pero conseguían crear una verdadera sensación de peligro dentro de las historias.

La fórmula se repetía, aunque nunca dejaba de interesarnos. El Doctor Zero preparaba una máquina o una criatura, el Doctor Steel descubría el plan y el grupo terminaba rodeado por el peligro. Entonces María llamaba a Fantasmagórico y la historia cambiaba. Al llegar a América Latina, el doblaje en español le dio al programa una fuerza. El narrador hablaba con seriedad, Gorgo suplicaba ante sus fracasos y Zero gritaba su nombre con una voz que quedó grabada en la memoria. Aun cuando se olvidara el argumento, aquellas voces permanecían vivas.

Las tardes de Canal 5 y la memoria de una generación

Fantasmagórico llegó al Perú durante los años setenta y fue transmitido por Panamericana Televisión, Canal 5. Entonces no se podía escoger el momento para ver un programa. Había que conocer el horario, terminar las obligaciones y sentarse frente al televisor antes de que comenzara. Si alguien perdía un episodio, debía esperar una repetición o pedir a un compañero que le contara lo sucedido. Algunas familias ya tenían televisores a color, pero muchas todavía miraban las aventuras en blanco y negro. La imaginación se encargaba de colocar los colores que faltaban.

Al día siguiente, la serie continuaba en las conversaciones del colegio o del barrio. Se hablaba de la última máquina del Doctor Zero, de otro fracaso de Gorgo y de la manera en que Fantasmagórico había llegado para salvar a todos. La televisión abierta creaba esos recuerdos comunes porque miles de niños observaban los mismos programas. No existían tantos canales ni tantas pantallas separando a las personas. La familia podía reunirse alrededor de un solo aparato, y una historia llegada desde Japón terminaba formando parte de las tardes peruanas.

Con el tiempo aparecieron nuevas series y aprendimos que aquellos dibujos provenían de una industria llamada anime. Fantasmagórico dejó de transmitirse, pero su imagen no desapareció. Permanecieron la capa, la vara plateada, el llamado de María y, sobre todo, la carcajada. El personaje nos enseñó que una apariencia inquietante también podía representar la justicia y que el poder solamente tenía valor cuando se utilizaba para proteger. Hoy, al recordar su nombre, regresamos por un instante a una época más sencilla, cuando una voz nacida dentro del televisor podía reunirnos y abrir un camino hacia la imaginación.