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El Tunche: el silbido que camina por la selva

José Carlos Botto Cayo

La noche en la Amazonía tiene otra manera de sentirse. Los sonidos parecen llegar desde lugares que no podemos ver, los árboles cierran el horizonte y cualquier movimiento termina adquiriendo una presencia distinta. Para quien conoce la selva, muchos de esos ruidos tienen una explicación. Para quien no la conoce, en cambio, pueden convertirse en señales difíciles de entender. Durante generaciones, en ese espacio inmenso se fueron construyendo relatos que ayudaban a explicar aquello que la oscuridad dejaba sin respuesta y que, poco a poco, terminaron formando parte de la memoria de los pueblos amazónicos.

Entre esas historias existe una que conserva una fuerza especial: la del Tunche. No necesita aparecer frente al caminante ni tener un rostro definido. Le basta un silbido. A partir de allí comienza el miedo, pero también la imaginación. La historia ha pasado de una generación a otra y, como ocurre con casi todas las tradiciones orales, ha cambiado con el tiempo. Sin embargo, algo permanece: la idea de que en algún lugar de la selva existe una presencia que se anuncia antes de mostrarse y que convierte la noche en un territorio donde todo puede ser posible.

El espíritu que nadie quiere encontrar

Una de las versiones más conocidas presenta al Tunche como el espíritu de una persona muerta que continúa caminando por la selva. En algunos relatos aparece como un alma atormentada, mientras que en otros es una presencia peligrosa que se acerca a quienes recorren lugares apartados durante la noche. No existe una sola versión y probablemente nunca la hubo. Cada pueblo, cada familia y cada narrador fue agregando elementos propios hasta construir una leyenda que hoy forma parte del imaginario amazónico.

Lo que sí aparece repetidamente es el silbido. Ese sonido termina siendo mucho más importante que cualquier descripción física. La tradición señala incluso que puede engañar al caminante: cuando parece lejano, el Tunche podría encontrarse cerca; cuando se escucha con mayor fuerza, quizá todavía esté distante. El miedo nace entonces de algo bastante sencillo: perder las referencias. Uno deja de saber desde dónde llega el sonido y la propia selva parece comenzar a jugar con la distancia.

Tampoco existe una imagen definitiva del personaje. Algunas versiones hablan de una sombra, otras de un espíritu y otras simplemente de una presencia que nunca termina de mostrarse. Quizá por eso la leyenda sigue funcionando. Aquello que no tiene rostro puede tener todos los rostros posibles. Cada persona termina imaginando su propio Tunche y, en medio de la noche, aquello que apenas se distingue entre los árboles puede convertirse en aquello que más se teme.

La fuerza del mito está precisamente allí. No necesita demostrar nada. Basta con que exista la duda. Puede tratarse del sonido de un animal, de una corriente de aire o de cualquier ruido natural del bosque. Pero, cuando alguien conoce la historia, el silbido deja de ser solamente un sonido. Durante algunos segundos se transforma en una pregunta. Y en lugares donde la oscuridad ocupa casi todo, una pregunta puede acompañar al caminante durante mucho tiempo.

Cuando la selva también habla

Sería demasiado sencillo considerar al Tunche únicamente como un personaje creado para asustar. Las leyendas también han servido para enseñar, advertir y establecer límites. En un territorio como la Amazonía, internarse solo en el bosque, alejarse demasiado de los caminos conocidos o permanecer durante horas en lugares desconocidos podía convertirse en un peligro real. La historia sobrenatural transformaba esas precauciones en algo que podía ser recordado con facilidad, especialmente por quienes comenzaban a conocer la selva.

En ese sentido, el Tunche puede entenderse también como una forma de relación con el territorio. La selva no aparece solamente como un escenario donde ocurre la historia. Es parte de ella. Los árboles, los caminos, los ríos y los sonidos adquieren una presencia propia. Allí la naturaleza no está separada del relato. Ambas cosas avanzan juntas, como si cada historia necesitara del paisaje para poder existir y cada paisaje guardara, a su vez, alguna historia.

Algo parecido sucede con otros personajes de la tradición amazónica. El Chullachaqui, la Yacumama y diferentes seres vinculados con los bosques y los ríos forman parte de un universo narrativo mucho más amplio. No todos tienen el mismo origen ni pertenecen necesariamente a una sola tradición, pero comparten una característica: aparecen en lugares donde el ser humano sabe que no controla todo lo que ocurre a su alrededor.

Esa quizá sea una de las razones por las que estos relatos permanecen. La modernidad puede explicar muchos sonidos, registrar lugares mediante un teléfono o permitir que alguien conozca una ruta antes de caminarla. Sin embargo, todavía existen momentos en los que la persona queda sola frente al territorio. Allí vuelven las historias antiguas. No necesariamente porque alguien crea en ellas de manera absoluta, sino porque siguen ofreciendo una forma de nombrar aquello que todavía produce temor.

Un mito que sigue caminando

El paso del tiempo no hizo desaparecer al Tunche. La historia simplemente cambió de lugar. Primero estuvo en la palabra de quienes la contaban en familia o dentro de las comunidades. Después apareció en libros, publicaciones y producciones audiovisuales. Más recientemente llegó también a espacios digitales y nuevas formas de entretenimiento. El personaje se fue adaptando sin abandonar aquello que lo había convertido en leyenda: el misterio.

Un ejemplo interesante fue Tunche, videojuego desarrollado en el Perú e inspirado en la Amazonía y en distintos elementos de su imaginario. Para algunos jóvenes, probablemente esa haya sido la primera oportunidad de encontrarse con el personaje. La historia que antes viajaba principalmente mediante la voz comenzó entonces a circular por otros caminos. No significa que la tradición haya desaparecido. Significa que encontró una nueva manera de continuar.

Eso ocurre con los mitos que consiguen sobrevivir. Cambian las palabras, cambian quienes los cuentan y también cambian los lugares donde aparecen. Lo importante es aquello que permanece. En este caso permanece un hombre caminando por la selva, una noche cerrada y un sonido que aparece de pronto. Puede existir una explicación natural. Incluso puede ser la explicación más lógica. Pero durante algunos segundos la memoria recuerda otra posibilidad.

Y allí vuelve el Tunche.

No porque alguien pueda demostrar que existe, sino porque el mito nunca necesitó una prueba para sobrevivir. Le bastó permanecer en la memoria. Mientras alguien escuche un silbido en medio de la noche, recuerde la historia y mire por un instante hacia los árboles tratando de descubrir de dónde viene, el Tunche seguirá formando parte de la Amazonía.

Tal vez esa sea la verdadera fuerza de los antiguos relatos. No obligan a creer. Solamente consiguen que, por unos momentos, volvamos a dudar.

José Carlos Botto Cayo

Fuentes

Alejandro Ortiz Rescaniere. Sobre el tema de la pasión: mitología andino-amazónica. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Rommel Plasencia Soto y Melisa Sánchez Vásquez. Oralidad ashaninka del río Perené. Revista de Antropología, Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Luis Zuta Dávila. El Tunche: ¿Qué es este ser mitológico de la selva…? Agencia Peruana de Noticias Andina.

Agencia Peruana de Noticias Andina. Brujas y monstruos: conoce a los personajes terroríficos de nuestras leyendas regionales.

Variedades. Agencia Peruana de Noticias Andina. Testimonios y tradiciones vinculados con el Tunchi y la Amazonía peruana.

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