José Carlos Botto Cayo
Para quienes nacimos a finales de los años sesenta, Internet no apareció como una costumbre sino como una interrupción. Primero conocimos el teléfono fijo que se esperaba durante años, las cartas que tardaban semanas, la máquina de escribir, las enciclopedias familiares y las noticias que llegaban a una hora determinada. Luego escuchamos el ruido del módem, aprendimos a medir la conexión por minutos y vimos cómo una pantalla comenzaba a reunir aquello que antes vivía separado: el correo, la biblioteca, el periódico, la oficina, el banco y la conversación.
La historia de Internet en el Perú es, por eso, algo más que una sucesión de cables, protocolos y velocidades. Es la historia de un país que pasó de conectarse desde unos cuantos centros especializados a llevar la red en el bolsillo; de una sociedad que descubrió temprano el valor de las cabinas públicas, ensayó formas de participación ciudadana en línea y terminó incorporando lo digital a casi todos sus actos cotidianos. También es una historia desigual. Cada avance amplió posibilidades, pero dejó a la vista antiguas distancias entre Lima y las regiones, entre lo urbano y lo rural, entre tener señal y saber convertirla en una verdadera oportunidad.
Antes de la red
El camino comenzó mucho antes del primer correo electrónico. En 1961, el Banco de Crédito incorporó una IBM 1401 para sus operaciones, y en 1963 la Universidad Nacional de Ingeniería instaló una IBM 1620 y creó su Centro de Cálculo Electrónico. Aquellas máquinas ocupaban salas enteras, exigían personal especializado y estaban muy lejos de la experiencia doméstica. Sin embargo, introdujeron una idea decisiva: la información podía organizarse, procesarse y transmitirse a una escala que el papel ya no podía sostener por sí solo.
Durante las décadas siguientes, las computadoras ingresaron lentamente a universidades, bancos, empresas y organismos públicos. Eran herramientas aisladas, costosas y reservadas para pocos. En los años ochenta, mientras el Perú atravesaba una crisis económica profunda y la violencia terrorista alteraba la vida nacional, hablar de redes digitales parecía una conversación del futuro. El país debía enfrentar apagones, inflación, miedo y deterioro institucional; aun así, en ciertos espacios académicos y técnicos comenzaba a formarse la comunidad que haría posible la conexión.
Ese contraste acompañaría todo el desarrollo posterior. La tecnología no llegó a un territorio estable y ordenado, sino a una nación habituada a resolver carencias con ingenio. De allí proviene uno de los rasgos más peruanos de esta historia: muchas veces la innovación no avanzó porque las condiciones fueran ideales, sino porque personas e instituciones encontraron la manera de abrir un camino donde todavía no existía infraestructura suficiente.
1991: la primera señal
El 25 de noviembre de 1991, la autoridad internacional encargada de la asignación de nombres y números delegó la administración del dominio .pe a la Red Científica Peruana. Seis días después, el 1 de diciembre, desde el auditorio de Petroperú, se envió el primer correo electrónico desde el Perú. La comunicación utilizó UUCP, un sistema que transfería mensajes por etapas y que hoy puede parecernos rudimentario, pero aquel envío hizo algo enorme: incorporó al país a una conversación que ya no dependía de la distancia física.
Conviene distinguir ese momento de la llegada de una conexión permanente. El correo de 1991 no significaba que el Perú estuviera navegando por la web como lo hacemos ahora. La Red Científica Peruana se convirtió en proveedor de acceso en 1993 y, en febrero de 1994, estableció una conexión satelital permanente. En abril de ese año apareció “Perú World Wide Web”, una de las primeras puertas digitales dedicadas a presentar información del país en la naciente red mundial.
También en 1994 se abrió una cabina pública en el Centro Cultural Ricardo Palma de Miraflores, equipada con cuarenta computadoras. Para una población que difícilmente podía comprar una computadora y pagar una línea telefónica, el acceso compartido fue una solución práctica. Internet dejó de pertenecer únicamente a laboratorios y oficinas especializadas: comenzó a convertirse en un lugar al que cualquier ciudadano podía entrar, aunque fuera durante una hora alquilada.
Pronto llegaron los sitios de instituciones públicas, medios de comunicación, universidades y empresas. El Congreso empezó a publicar información, la Agencia Peruana de Noticias Andina utilizó la red para distribuir contenidos y revistas como Caretas ensayaron su presencia digital. En 1996 se difundió en línea una edición de Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, de José Carlos Mariátegui. La red comenzaba a guardar la memoria del país al mismo tiempo que modificaba la velocidad con la que esa memoria podía circular.
Las cabinas y una ciudadanía que quería participar
Las cabinas públicas fueron la gran respuesta peruana a la exclusión tecnológica de los primeros años. En barrios, galerías y avenidas aparecieron pequeños locales con filas de computadoras, tarifas por hora y una persona dispuesta a explicar cómo crear una cuenta de correo o ingresar a una página. Allí muchos peruanos hicieron su primera búsqueda, enviaron un mensaje al extranjero, prepararon un trabajo escolar o conversaron con familiares que habían emigrado. La red adquirió olor a calle y sonido de teclado compartido.
Ese modelo permitió una expansión que no habría sido posible si el acceso hubiera dependido exclusivamente de la compra de equipos para el hogar. Pero la cabina no fue solo una solución económica. Se volvió un espacio de aprendizaje colectivo: el usuario observaba al vecino, preguntaba al encargado y descubría funciones nuevas por ensayo y error. Una generación formada en lo analógico aprendió a convivir con lo digital sin manuales extensos y, muchas veces, sin que el Estado hubiera diseñado todavía una política integral para acompañarla.
En 1997, la Asociación Kybernesis desarrolló en Villa El Salvador el primer municipio virtual documentado del país. El proyecto articuló a la municipalidad, organizaciones vecinales, entidades privadas y cinco centros comunitarios equipados como cabinas públicas, con veinte computadoras y recursos de videoconferencia. Durante una sesión del concejo municipal, los vecinos pudieron formular preguntas, seguir la discusión y emitir una votación referencial antes de la decisión oficial. Internet era utilizada no solo para recibir información, sino para intervenir en los asuntos de la comunidad.
La experiencia de Kybernesis conserva una fuerza particular porque anticipó una discusión que continúa abierta: la modernización del Estado no consiste únicamente en trasladar trámites a una pantalla. La tecnología adquiere sentido público cuando acerca a la autoridad, hace visible la deliberación y permite que la ciudadanía sea escuchada. Villa El Salvador mostró, cuando la web peruana apenas empezaba, que conectarse también podía significar participar.
De la banda ancha al Internet móvil
Al comenzar el nuevo siglo, la conexión dejó de ser un ejercicio paciente entre tonos telefónicos. En el año 2000 aparecieron servicios residenciales dedicados por cable y las primeras ofertas de ADSL. Ese mismo año, varias empresas de telecomunicaciones acordaron crear NAP Perú, un punto de intercambio que inició operaciones en mayo del 2001. Su importancia era técnica, pero su efecto resultaba sencillo de entender: una parte mayor del tráfico generado dentro del país podía intercambiarse localmente, sin realizar recorridos internacionales innecesarios.
La banda ancha cambió los hábitos. La computadora familiar podía permanecer conectada, los archivos comenzaron a pesar más y la web dejó de ser una colección de páginas estáticas. Llegaron la música comprimida, los foros, la mensajería instantánea, las fotografías digitales y los primeros servicios de video. Las cabinas siguieron siendo importantes, pero el hogar empezó a recuperar una parte del uso que antes ocurría en espacios compartidos.
El cambio decisivo llegó con la movilidad. Desde el despliegue comercial de 3G en el 2008, Internet comenzó a desprenderse de la computadora y del lugar fijo. La expansión de los teléfonos inteligentes convirtió la cámara, el mapa, el correo y la conversación en funciones de un mismo objeto. Con 4G, disponible comercialmente desde el 2014, el video y las aplicaciones en tiempo real pasaron a formar parte de la rutina. Para millones de peruanos, el primer contacto habitual con Internet ya no fue una PC, sino un celular.
En paralelo, el Estado impulsó la Red Dorsal Nacional de Fibra Óptica, concebida para unir capitales regionales y provinciales y servir de soporte a nuevas redes. Su puesta en operación a mediados de la década del 2010 representó una ampliación importante de infraestructura, aunque la existencia de una troncal no resolvió por sí sola la última distancia hasta cada hogar, escuela o puesto de salud. La experiencia enseñó que tender fibra es indispensable, pero también lo son una gestión adecuada, redes regionales eficientes y servicios que la población pueda pagar.
La pandemia y la aceleración digital
La pandemia del 2020 convirtió la conectividad en una necesidad inmediata. El trabajo, las clases, las consultas médicas, las compras y numerosos trámites tuvieron que migrar a Internet en pocas semanas. Lo que antes podía considerarse comodidad se volvió una condición para estudiar, producir o mantener el contacto familiar. Al mismo tiempo, el confinamiento reveló con crudeza los límites del sistema: hogares con un solo teléfono para varios estudiantes, zonas sin cobertura estable y familias obligadas a elegir entre comprar datos o atender otros gastos básicos.
También cambiaron las relaciones económicas. Las transferencias inmediatas y las billeteras digitales ingresaron en mercados, taxis y pequeños negocios que antes dependían casi por completo del efectivo. El código QR se volvió familiar, las entregas a domicilio se organizaron mediante aplicaciones y numerosos emprendimientos encontraron clientes en las redes sociales. La digitalización avanzó desde abajo, impulsada por necesidades concretas, con la misma capacidad de adaptación que décadas antes había dado vida a las cabinas públicas.
La otra cara fue el crecimiento de las estafas, el robo de cuentas, la suplantación de identidad y la circulación de información falsa. Muchos ciudadanos aprendieron a utilizar servicios digitales antes de recibir una formación mínima sobre seguridad. El país ganó velocidad, pero no siempre desarrolló al mismo ritmo la confianza, la protección de datos y el criterio necesario para moverse en un entorno donde una pantalla puede acercar una oportunidad o esconder un engaño.
El Perú conectado del 2026
Los datos más recientes muestran la magnitud del cambio. La Encuesta Residencial de Servicios de Telecomunicaciones del 2025, difundida por el Organismo Supervisor de Inversión Privada en Telecomunicaciones, señala que el 96 % de los hogares peruanos contaba con acceso a Internet fijo o móvil. En el ámbito rural, la proporción llegó al 85,8 %, frente al 41,5 % registrado en el 2019. En apenas una generación, la red pasó de ser una demostración para especialistas a estar presente, de alguna forma, en casi todo el territorio social.
La infraestructura fija también cambió de naturaleza. Al cierre del 2025 existían 4,38 millones de conexiones de Internet fijo y el 82,47 % utilizaba fibra óptica, equivalente a más de 3,6 millones de accesos. Más del 79 % tenía velocidades contratadas de 200 megabits por segundo o superiores. Son cifras que habrían parecido extraordinarias durante los años del módem, pero no deben confundirse con una experiencia uniforme: velocidad contratada, estabilidad real, cobertura doméstica y capacidad de pago siguen siendo cosas distintas.
El despliegue móvil continúa con la tecnología 5G. En marzo del 2026, el Ministerio de Transportes y Comunicaciones informó que el país contaba con 3.889 antenas 5G, más de ocho veces la cantidad aproximada registrada en el 2021. El crecimiento abre posibilidades para la industria, la telemedicina, la educación y los servicios en tiempo real. Sin embargo, una cifra nacional no elimina las diferencias locales. La próxima etapa dependerá menos del anuncio de una nueva generación tecnológica y más de que sus beneficios puedan sentirse fuera de las zonas de mayor rentabilidad.
Internet ya no es un sector separado de la vida peruana. Está en la conversación familiar, el pago cotidiano, la búsqueda de empleo, la educación, el entretenimiento y la relación con el Estado. La inteligencia artificial añade ahora otra transformación: no solo encontramos información, sino que comenzamos a producir textos, imágenes, análisis y decisiones con sistemas automatizados. Esta etapa exige una alfabetización más profunda, porque utilizar una herramienta no equivale necesariamente a comprender sus límites ni a reconocer sus riesgos.
La conexión que todavía debemos construir
El gran desafío ya no puede medirse únicamente por el número de personas que logran conectarse. Importan la calidad del servicio, la continuidad, el precio, las capacidades digitales y la utilidad que esa conexión tiene para cada comunidad. Un hogar con señal débil y un teléfono compartido figura en una estadística de acceso, pero vive una realidad muy distinta de aquel que dispone de fibra, varios equipos y conocimientos para estudiar, trabajar y protegerse.
También necesitamos recuperar el sentido ciudadano de la tecnología. La experiencia de Kybernesis en 1997 recordaba que Internet podía abrir la gestión municipal y acercar la decisión pública al vecino. Casi tres décadas después, abundan portales y trámites digitales, pero todavía falta convertir la conectividad en mayor transparencia, mejor atención, educación crítica y participación sostenida. Digitalizar una demora no la convierte en eficiencia, del mismo modo que publicar información no garantiza que esta sea comprensible ni útil.
Quienes vimos nacer esta historia hemos pasado del papel continuo al almacenamiento en la nube, del correo que viajaba por turnos a la conversación instantánea y de la cabina alquilada al teléfono que nunca apagamos. El recorrido es inmenso. Pero el verdadero desarrollo de Internet en el Perú no se completará cuando la última antena sea instalada, sino cuando cada peruano pueda usar la red con libertad, seguridad y conocimiento para ampliar su vida. La tecnología habrá cumplido su promesa cuando conectar al país signifique, por fin, acercarlo.
Fuentes
Erick Iriarte Ahón. (2026, 23 de agosto). Datos para la crónica del Internet en el Perú: 35 años de Internet. Iriarte & Asociados. https://www.iriartelaw.com/2026/08/23/datos-para-la-cronica-del-internet-en-el-peru-35-anos-de-internet/
Red Científica Peruana. (s. f.). Historia del .pe. Punto.pe. https://punto.pe/history.php
NAP Perú. (s. f.). Nuestra historia. https://nap.pe/historia
José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez. (2024, 3 de julio). Kybernesis: el proyecto pionero que redefinió la participación ciudadana. ADEPRIN. https://www.adeprin.org/kybernesis-el-proyecto-pionero-que-redefinio-la-participacion-ciudadana/
Organismo Supervisor de Inversión Privada en Telecomunicaciones. (2026, 19 de mayo). Erestel 2025: aumenta a 96 % los hogares peruanos que tienen acceso a Internet fijo o móvil. Plataforma Digital Única del Estado Peruano. https://www.gob.pe/institucion/osiptel/noticias/1393824-erestel-2025-aumenta-a-96-los-hogares-peruanos-que-tienen-acceso-a-internet-fijo-o-movil
Organismo Supervisor de Inversión Privada en Telecomunicaciones. (2026, 4 de marzo). Más de 79 % de conexiones de Internet fijo tienen velocidades contratadas por encima de los 200 Mbps. Plataforma Digital Única del Estado Peruano. https://www.gob.pe/institucion/osiptel/noticias/1361159-osiptel-mas-de-79-de-conexiones-de-internet-fijo-tienen-velocidades-contratadas-por-encima-de-los-200-mbps
Ministerio de Transportes y Comunicaciones. (2026, 27 de marzo). Perú acelera el despliegue de 5G con más de 3.800 antenas instaladas. Plataforma Digital Única del Estado Peruano. https://www.gob.pe/institucion/mtc/noticias/1371695-peru-acelera-el-despliegue-de-5g-con-mas-de-3-800-antenas-instaladas

