José Carlos Botto Cayo
Para quienes conocieron las primeras computadoras personales, escribir frente a una pantalla ya representaba una novedad. Podíamos corregir una página sin volver a empezar y guardar el trabajo para continuarlo después. Internet amplió esas posibilidades: permitió buscar información, comunicarnos a distancia y publicar sin contar con una imprenta. Hoy encontramos una nueva facilidad. Basta escribir una indicación para que un programa prepare un texto, elabore una imagen o explique un tema. La computadora que utilizábamos para realizar nuestro trabajo participa ahora en parte de su elaboración.
Esta posibilidad está modificando actividades que van desde una tarea escolar hasta la atención de un cliente. Sus efectos alcanzan también la manera de informarnos, relacionarnos y valorar nuestros conocimientos. Comprender lo que está ocurriendo exige mirar más allá de la pantalla y observar cómo estas herramientas entran en la oficina, la escuela y el hogar, donde sus ventajas conviven con preguntas todavía abiertas.
Un nuevo compañero de trabajo
Pensemos en una persona que atiende consultas en una empresa. Mientras conversa con el cliente, un asistente de inteligencia artificial puede sugerirle una respuesta. La utilidad de ese apoyo ya ha sido estudiada. Una investigación publicada en 2025 encontró un aumento promedio del 15 % en los problemas resueltos por hora entre trabajadores de atención al cliente que recibieron asistencia de IA. Los beneficios fueron distintos según la experiencia de cada trabajador, con mejoras especialmente importantes entre los menos experimentados.
El resultado ayuda a comprender por qué estas herramientas despiertan interés, pero también requiere cautela: una mejora en determinado servicio no garantiza iguales beneficios en cualquier actividad. Además, un empleo comprende varias funciones. Preparar una respuesta es una de ellas; entender una situación particular, asumir responsabilidades y resolver un conflicto pueden exigir otras capacidades. Una investigación internacional de 2025 calculó que uno de cada cuatro trabajadores se encontraba en una ocupación con algún grado de exposición a la IA generativa. La cifra señala tareas que podrían cambiar y no equivale a una previsión de despidos. Por la combinación de labores automatizables y funciones que requieren participación humana, el estudio considera más probable la transformación de muchos puestos que su reemplazo completo.
Queda por resolver cómo se organizará esa transformación. El tiempo ahorrado puede servir para atender mejor, capacitarse o revisar el trabajo. También podría traducirse en mayores exigencias de producción. La participación de los trabajadores resulta necesaria para que la incorporación de tecnología tenga objetivos claros y beneficios reconocibles en la jornada diaria.
La tarea está lista, ¿y el aprendizaje?
En una casa, un estudiante puede pedir que le preparen una explicación sobre un tema escolar. Enseguida aparece un texto ordenado, con introducción y desarrollo. Para quien observa solamente la página terminada, el trabajo parece resuelto. Sin embargo, queda una pregunta: ¿qué comprendió el alumno? Esta situación permite apreciar uno de los cambios que la IA introduce en la educación. La facilidad para obtener una respuesta obliga a prestar mayor atención al camino seguido para alcanzarla. Los debates educativos actuales examinan precisamente cómo conservar la autonomía del estudiante y qué formas de enseñanza y evaluación tienen sentido cuando estos sistemas participan en sus actividades.
Una manera de abordar el problema consiste en recuperar prácticas conocidas. Pedir al alumno que explique una idea, muestre cómo resolvió un ejercicio o responda preguntas sobre lo escrito permite conocer mejor su aprendizaje. Una conversación breve puede revelar lo que una página cuidadosamente presentada deja sin aclarar.
También cabe utilizar la herramienta como parte del ejercicio: comparar dos explicaciones, señalar sus diferencias y comprobar cuál responde mejor a la pregunta inicial. Así, el material generado se convierte en algo que debe examinarse. Para orientar ese trabajo, el profesor necesita formación y tiempo. Entregar acceso a una aplicación es apenas un comienzo. El propósito educativo sigue estando en que el estudiante aprenda a preguntar, relacionar información y sostener una respuesta propia. La lectura, el borrador y la corrección conservan su lugar en ese proceso.
Cuando una imagen ya no basta
Durante mucho tiempo, una fotografía o una grabación parecían acercarnos directamente a lo ocurrido. La posibilidad de producir imágenes, videos y voces artificiales obliga a revisar esa confianza. Una escena convincente puede representar un hecho inexistente, y una voz reconocible puede utilizarse para atribuir palabras a quien nunca las pronunció.
Estas falsificaciones, conocidas como deepfakes, pueden servir para engañar, suplantar personas o perjudicar su reputación. Su calidad creciente dificulta identificarlas a simple vista. Frente a ello, el periodismo necesita sostener las prácticas que dan valor a su trabajo: averiguar la procedencia del material, contrastarlo y reconstruir el contexto. La misma precaución cabe en una conversación familiar. Si recibimos una grabación alarmante, conviene buscar su origen antes de reenviarla. Compartir es una acción sencilla; reparar el daño de una acusación falsa puede ser mucho más difícil.
La conversación artificial alcanza, además, la vida afectiva. Algunos sistemas están diseñados para ofrecer compañía, aunque los estudios sobre sus efectos presentan resultados diversos: hay investigaciones que encuentran alivio de la soledad y otras que relacionan el uso intenso con dependencia emocional y menor interacción humana. No existe un efecto único demostrado para todos los usuarios. Esa incertidumbre invita a cuidar el lugar que les concedemos. Escuchar a un amigo, visitar a un familiar y compartir una mesa siguen siendo formas de compañía que merecen tiempo.
Las oportunidades no llegan a todos por igual
La facilidad con que se anuncia una nueva herramienta puede hacer pensar que cualquiera está en condiciones de aprovecharla. Sin embargo, una investigación de 2024 sobre América Latina y el Caribe estimó que alrededor de 17 millones de empleos con posibilidades de mejorar su productividad mediante IA generativa enfrentaban limitaciones de acceso digital e infraestructura. Se trata de beneficios potenciales que encuentran obstáculos materiales, no de una cifra de puestos perdidos.
La observación resulta pertinente para pensar en el Perú. Imaginemos dos pequeños negocios interesados en organizar mejor sus tareas. Uno dispone de equipos, conexión y una persona que puede aprender a utilizar nuevas aplicaciones; el otro debe resolver primero dificultades básicas de funcionamiento. Aunque ambos conozcan la existencia de la IA, sus posibilidades de incorporarla serán distintas. De allí que una política de acceso deba considerar capacitación, conectividad y acompañamiento. También importa que las explicaciones sean comprensibles. A quien recién empieza le sirve saber qué tarea puede resolver, qué información necesita entregar y cómo revisar el resultado. La abundancia de términos técnicos puede levantar una barrera donde debería abrirse una oportunidad.
En ese aprendizaje hay espacio para distintas generaciones. Quien lleva años ejerciendo un oficio posee conocimientos que una aplicación nueva no vuelve inútiles. Darle tiempo y formación permite reunir experiencia y herramientas recientes. La modernización también debe medirse por la capacidad de incorporar a esas personas y reconocer lo que todavía tienen para enseñar.
Bibliografía
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