José Carlos Botto Cayo
8 de octubre de 2026
La democracia siempre ha dependido de una conversación: alguien propone, alguien escucha, una comunidad discute y, al final, toma una decisión. Durante siglos, esa conversación tuvo lugar en plazas, cabildos, asambleas y periódicos. La llegada de los medios electrónicos amplió el alcance de la voz pública, aunque no resolvió una pregunta antigua: ¿quién participa realmente en las decisiones colectivas?
La historia de la democracia electrónica —también llamada democracia digital— no comienza con las redes sociales ni con los teléfonos inteligentes. Sus raíces están en los experimentos de televisión interactiva, los sistemas de cable, las primeras redes informáticas y los debates sobre cómo hacer más directa la relación entre ciudadanía y poder. En el Perú, esa historia tiene un episodio temprano que merece ser recordado: el proyecto Kybernesis, desarrollado en Villa El Salvador a fines de los años noventa.
La promesa de una política más cercana
La expresión democracia electrónica reúne experiencias distintas. Puede describir el uso de tecnologías para informar a la ciudadanía, consultar opiniones, facilitar deliberaciones, organizar campañas o permitir que las personas intervengan en decisiones públicas. No es una sola herramienta ni un modelo político acabado. Es una familia de prácticas que cambia con cada medio y con las condiciones de acceso a él.
La idea de emplear la tecnología para ampliar la participación política antecede a internet. En 1977, la empresa Warner Cable puso en marcha QUBE en Columbus, Ohio: un sistema de televisión por cable con controles que permitían a los usuarios responder preguntas durante ciertos programas. La experiencia despertó interés porque ofrecía una forma sencilla de recoger respuestas de los hogares. Sin embargo, participar en una encuesta televisiva no equivalía a deliberar ni a decidir sobre asuntos públicos. La tecnología abría un canal; el alcance democrático dependía de quién formulaba las preguntas y de cómo se utilizaban las respuestas (De Bonis, 2022).
En 1989, Santa Mónica, California, lanzó PEN —Public Electronic Network—, una red municipal que conectaba a residentes mediante terminales y servicios informáticos. Los usuarios podían acceder a información local y conversar en espacios electrónicos. El proyecto mostró que una red administrada por una ciudad podía servir como lugar de intercambio público, además de facilitar trámites e información (Wilkinson, 1989).
Aquellos ensayos nacieron en un contexto marcado por la expansión de la televisión por cable y la informática personal. También expresaban una inquietud política: si los medios tradicionales permitían que unos pocos hablaran a grandes audiencias, ¿podían las nuevas tecnologías hacer posible una comunicación más horizontal? La respuesta nunca fue solamente técnica. Hacía falta acceso, educación, confianza pública y una institución dispuesta a escuchar.
De los experimentos locales a internet
En los años noventa, internet empezó a transformar la escala de estos proyectos. La red permitía publicar documentos, mantener conversaciones entre personas separadas por la distancia y distribuir información sin depender por completo de la televisión o la prensa. Para algunos investigadores, ese cambio ofrecía la posibilidad de revitalizar la vida democrática, especialmente en el ámbito local.
Minnesota E-Democracy, iniciado en 1994, se convirtió en uno de los primeros proyectos de deliberación política en línea. Sus foros permitían discutir asuntos públicos y elecciones locales. En su reconstrucción de la experiencia, Scott Aikens observó tanto el potencial de la red para abrir conversaciones como los problemas que acompañaban a esa novedad: participación desigual, reglas de moderación y dificultad para trasladar el intercambio digital a las decisiones institucionales (Aikens, 1996).
En Europa, los gobiernos locales también comenzaron a probar espacios de debate por internet. En Suecia, por ejemplo, se estudiaron las posibilidades de que la red mejorara la comunicación entre ciudadanos y autoridades municipales. Estos proyectos mostraban una diferencia importante frente a los primeros experimentos televisivos: internet permitía que los participantes no solo respondieran a una consulta, sino que también plantearan temas, argumentaran y reaccionaran a las intervenciones de otros. Aun así, la calidad de esa conversación dependía del diseño y de la voluntad política de quienes la organizaban (Ranerup, 1998).
La academia comenzó a ordenar estas experiencias bajo el concepto de e-democracy. Las tecnologías podían apoyar la información pública, la consulta, la deliberación y ciertos procesos de decisión. Pero el entusiasmo convivía con una advertencia: un foro en línea no se vuelve democrático por el solo hecho de estar conectado. También importan la transparencia, la inclusión, la protección de datos y el vínculo entre las opiniones expresadas y las decisiones que finalmente se adoptan.
Kybernesis: una experiencia peruana en Villa El Salvador
En el Perú, una de las experiencias tempranas asociadas con esta búsqueda fue Kybernesis, desarrollada en Villa El Salvador alrededor de 1998. El proyecto se vinculó con una tradición local de organización vecinal y participación comunitaria. Su importancia no reside en haber anticipado cada herramienta que hoy usamos, sino en haber planteado, desde una realidad concreta, cómo podían emplearse las tecnologías de información para acercar a la población a la gestión municipal.
La experiencia debe entenderse en el contexto de una época en que el acceso a internet todavía era limitado y desigual. En muchos lugares, la conexión dependía de cabinas públicas o espacios compartidos. Eso hacía que cada terminal tuviera un valor distinto al de una computadora doméstica: era una puerta colectiva a la información, pero también un lugar donde se necesitaban orientación, acompañamiento y formación. La conectividad, por sí sola, no garantizaba que todas las personas pudieran participar en igualdad de condiciones.
José Carlos Botto Cayo examinó la relación entre participación ciudadana y democracia telemática en un artículo publicado en 2001. El texto registra el interés que despertaban entonces las redes como instrumentos para ampliar la intervención ciudadana, y permite situar Kybernesis dentro de una conversación más amplia sobre tecnología, municipio y democracia. La experiencia peruana no fue un episodio aislado: dialogaba con debates internacionales que buscaban convertir los medios digitales en espacios de comunicación pública (Botto Cayo, 2001).
El caso también invita a distinguir entre la existencia de un proyecto y su impacto comprobable. La documentación disponible no permite atribuirle, sin más evidencia, resultados permanentes o una transformación general del sistema municipal. Sí permite reconocerlo como parte de una historia temprana de experimentación: una tentativa de pensar la tecnología desde las necesidades de una comunidad y no únicamente desde la novedad de las máquinas.
La democracia digital se vuelve política pública
A comienzos del siglo XXI, la expansión de internet llevó a los gobiernos a incorporar servicios electrónicos, portales de información y mecanismos de consulta. Las Naciones Unidas empezaron a evaluar el desarrollo del gobierno electrónico y la participación ciudadana en sus informes globales. Con el tiempo, el concepto pasó de describir experimentos aislados a formar parte de las agendas de modernización estatal y de gobierno abierto (Naciones Unidas, 2003, 2024).
Ese proceso también hizo más visibles sus límites. La OCDE ha señalado que las herramientas en línea pueden mejorar la participación, pero que su eficacia depende de objetivos claros, de la calidad de la información y de la respuesta institucional. Una consulta digital pierde sentido si las personas no saben qué ocurrirá con sus aportes o si las autoridades no explican cómo los incorporaron —o por qué no lo hicieron— en la decisión final (OCDE, 2004).
En Estonia, el voto por internet se utilizó por primera vez en elecciones municipales en 2005. El caso suele citarse como un hito de la votación electrónica, pero conviene no confundir esa modalidad con la democracia electrónica en su conjunto. El voto remoto es una pieza dentro de un campo más amplio que incluye la información pública, la deliberación y la participación en políticas. Cada función exige garantías distintas, especialmente cuando se trata de la identidad de los votantes, la privacidad y la integridad del proceso.
Plataformas para deliberar y proponer
Durante la década de 2010 aparecieron nuevas plataformas que buscaron conectar la participación en línea con procesos institucionales. En Barcelona, el desarrollo de Decidim permitió organizar propuestas, debates y procesos participativos vinculados con la ciudad. La plataforma se presentó como una infraestructura abierta para la participación y, con el tiempo, su comunidad creó una asociación para sostener su desarrollo (Decidim, s. f.).
En Taiwán, vTaiwan reunió herramientas digitales y encuentros presenciales para facilitar conversaciones sobre asuntos públicos. La experiencia mostró que la tecnología puede ayudar a identificar puntos de acuerdo entre grupos con posiciones distintas, siempre que exista un proceso reconocible y una voluntad institucional de considerar los resultados. El canal digital no reemplaza la negociación política: puede hacerla más visible y ampliar quiénes tienen la posibilidad de intervenir (vTaiwan, s. f.).
Estos proyectos señalan un cambio respecto de los primeros experimentos. La pregunta dejó de ser únicamente cómo conectar a los ciudadanos y pasó a incluir cómo diseñar procesos donde la participación tenga continuidad, reglas comprensibles y efectos públicos. Una plataforma puede recoger miles de comentarios y, aun así, fracasar como experiencia democrática si nadie responde, si la conversación se concentra en los grupos más organizados o si la decisión ya estaba tomada.
La brecha que la tecnología no elimina
La democracia electrónica hereda desigualdades que existen fuera de la pantalla. En el Perú, la investigación de Victoria Holmes sobre las cabinas públicas mostró que estos espacios de acceso compartido tenían una dimensión social importante, pero que conectarse no era lo mismo que contar con las mismas oportunidades. La edad, la educación, el idioma, el costo y la familiaridad con las herramientas influían en la manera de usar internet (Holmes, 2001).
A ello se suman problemas que hoy resultan centrales: la desinformación, la vigilancia, la manipulación de datos y la concentración del poder en plataformas privadas. La inteligencia artificial añade posibilidades para analizar aportes ciudadanos y resumir grandes volúmenes de información, pero también riesgos de opacidad, sesgo y exclusión. La OCDE ha estudiado aplicaciones de inteligencia artificial en procesos de participación y advierte que su uso requiere transparencia, supervisión y responsabilidad pública (OCDE, 2026).
Ninguna herramienta puede sustituir las condiciones básicas de una democracia: derechos protegidos, instituciones que rindan cuentas, medios de información confiables y ciudadanos con capacidad real de intervenir. La tecnología puede reducir distancias y hacer más sencillo el acceso a la información. También puede crear nuevas barreras cuando el diseño excluye, cuando el acceso cuesta demasiado o cuando la participación se convierte en una cifra sin consecuencias.
Una conversación todavía abierta
La historia de la democracia electrónica no es una marcha inevitable hacia un sistema más participativo. Es una sucesión de intentos, aprendizajes y fracasos parciales. QUBE mostró que se podía recoger respuestas desde los hogares; Santa Mónica ensayó una red pública local; Minnesota y otros proyectos llevaron la deliberación a internet; Kybernesis planteó esa pregunta desde Villa El Salvador. Las plataformas actuales continúan el recorrido con más recursos técnicos y con desafíos de mayor escala.
En cada etapa, la cuestión principal ha sido la misma: qué ocurre después de que una persona participa. La respuesta define si la tecnología funciona como un puente entre la ciudadanía y el poder o como una vitrina que simula escuchar. La democracia electrónica comienza con una conexión, pero solo adquiere sentido cuando esa conexión permite comprender, deliberar e incidir en las decisiones comunes.
Bibliografía
Aikens, G. S. (1996). “A History of Minnesota Electronic Democracy 1994”. First Monday, 1(5). https://doi.org/10.5210/fm.v1i5.494
Botto Cayo, J. C. (2001). “Participación ciudadana y democracia telemática”. Punto Cero, 6(3), 14–19. Republicación consultable en Adeprin: https://adeprin.wordpress.com/2016/09/29/participacion-ciudadana-y-democracia-telematica/
De Bonis, M. (2022, 30 de marzo). “QUBE Brought the Future of TV to Columbus in 1977”. WOSU Public Media. https://www.wosu.org/2022-03-30/qube-brought-the-future-of-tv-to-columbus-in-1977
Decidim. (s. f.). “About Decidim”. https://decidim.org/about/
Holmes, V. (2001). The Internet, Inequality and Exclusion in Peru: The Social Impact of the Cabinas Públicas. Tesis de maestría, University of London. https://funredes.org/mistica/castellano/ciberoteca/participantes/docuparti/VictoriaHolmesCabinas.pdf
Naciones Unidas. (2003). UN Global E-Government Survey 2003. https://desapublications.un.org/publications/un-global-e-government-survey-2003
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OCDE. (2004). Promise and Problems of E-Democracy: Challenges of Online Citizen Engagement. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/9789264019492-en
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Ranerup, A. (1998). “Can Internet Improve Democracy in Local Goverment?” En Proceedings of the 6th European Conference on Information Systems, 55–64.
vTaiwan. (s. f.). “About vTaiwan”. https://info.vtaiwan.tw/
Wilkinson, T. (1989, 21 de febrero). “Santa Monica Gets Wired: Computer Link to Citizens”. Los Angeles Times. https://www.latimes.com/archives/la-xpm-1989-02-21-mn-87-story.html

