InicioInteligencia artificialPEN: la ciudad que convirtió una computadora en plaza pública

PEN: la ciudad que convirtió una computadora en plaza pública

José Carlos Botto Cayo

En febrero de 1989, los vecinos de Santa Mónica encontraron una nueva manera de acercarse al Ayuntamiento. Desde una computadora conectada por teléfono podían consultar información municipal, enviar preguntas a los funcionarios y conversar sobre los problemas de la ciudad. El sistema se llamaba Public Electronic Network, aunque sus usuarios pronto lo conocieron por sus siglas: PEN. Tracy Wilkinson informó sobre su puesta en marcha en Los Angeles Times.

Internet ya existía, pero PEN no estaba conectado a esa red mundial. Era un sistema municipal, de alcance local, al que los residentes accedían mediante módem y contraseña. La apuesta consistía en acercar información y servicios públicos a los vecinos y, al mismo tiempo, ofrecerles un nuevo espacio para hablar de la ciudad. Al principio, pocos podían imaginar hasta dónde llevarían los usuarios esa posibilidad.

El Ayuntamiento al otro lado de la línea

PEN comenzó a funcionar el 21 de febrero de 1989. Para conectarse desde casa, el residente debía registrarse, recibir un número de usuario, elegir una contraseña y llamar al sistema mediante un módem. La ciudad no cobraba una tarifa de uso, aunque la llamada telefónica podía generar cargos. Tener computadora y módem todavía no era algo corriente, de modo que el acceso doméstico tenía límites evidentes.

Santa Mónica instaló terminales públicas en bibliotecas y centros comunitarios para quienes no contaban con equipos propios. Un año después, Julio Moran informó que cerca de una cuarta parte de los usuarios había ingresado al sistema desde esos puntos. La red no eliminaba las diferencias entre los vecinos, pero ofrecer acceso público permitía que la conversación no quedara reservada exclusivamente a quienes podían comprar una computadora.

El sistema, valorado en unos 350.000 dólares, recibió el equipo de Hewlett-Packard y el software de Metasystems. Desde la pantalla se podía consultar información municipal, agendas y reportes de reuniones, revisar el catálogo de la biblioteca, enviar correo y participar en conferencias electrónicas. PEN reunía en un solo lugar datos que normalmente requerían una visita a distintas oficinas. Era una ventanilla digital, pero también una puerta hacia la conversación entre residentes.

Los vecinos hicieron suyo el sistema

La comunicación entre ciudadanos pronto ocupó más espacio que el intercambio con el gobierno. En el primer aniversario, casi dos mil personas estaban registradas. Moran observó que unas cincuenta intervenían activamente en las discusiones, mientras otros usuarios leían sin escribir. PEN ya tenía su propia comunidad y también sus silencios: no todos querían tomar la palabra, aunque podían seguir lo que los demás decían.

Las conferencias abordaban el desarrollo urbano, la vivienda, la religión, el aborto y la falta de hogar. La conversación podía continuar a distintas horas, sin que los participantes tuvieran que coincidir en una sala. Algunos funcionarios leían los intercambios y recibían mensajes de los residentes. PEN no sustituyó las reuniones públicas, las cartas ni las llamadas telefónicas; añadió otro camino para llevar una pregunta o una preocupación hasta la ciudad.

Entre los participantes estaba Donald Paschal, un residente sin hogar que utilizaba las terminales públicas. En el reportaje de Moran, Paschal contó que en PEN podía relacionarse con los demás a partir de sus ideas, sin que su situación definiera de antemano quién era. El sistema no borraba las desigualdades, pero permitía que algunas personas fueran escuchadas antes de quedar reducidas a una etiqueta social.

Una conversación sobre las necesidades de las personas sin hogar dio origen a SHWASHLOCK: duchas, lavadoras y casilleros para quienes buscaban trabajo y necesitaban ropa limpia y un lugar donde guardar sus pertenencias. Joan Van Tassel relató en WIRED cómo residentes con y sin hogar se organizaron y llevaron la propuesta ante el Concejo Municipal. La pantalla no construyó esos servicios; ayudó a que los vecinos comprendieran una necesidad concreta y trabajaran juntos para responder a ella.

Las mujeres también tuvieron que defender su lugar en las conferencias. El grupo PENFEMME respondió a los mensajes ofensivos promoviendo discusiones sobre asuntos que les concernían y procurando que más mujeres participaran. El estudio de seis años realizado por Joseph Schmitz, Everett M. Rogers, Ken Phillips y Donald Paschal examinó precisamente las tensiones entre la libertad de expresión, la participación y la convivencia. Un medio nuevo podía abrir la conversación; no podía garantizar por sí mismo el respeto entre quienes participaban.

Las tensiones, el desgaste y la continuidad

PEN también planteó preguntas legales sobre la comunicación pública. En 1991, el abogado municipal ordenó cerrar una conferencia electrónica privada utilizada por un comité escolar y miembros del consejo escolar, porque entendió que sus deliberaciones podían infringir la Ley Brown de California, que exige que ciertos asuntos gubernamentales se discutan en público. La orden se refería a esa conferencia cerrada, no a toda la red: cientos de foros abiertos continuaron disponibles. La distinción importa, porque muestra cómo una ciudad empezaba a aplicar reglas antiguas a una conversación que ocurría en un medio nuevo.

La participación nunca fue uniforme. El reportaje de Moran describió un grupo reducido de usuarios activos frente a muchos que entraban principalmente a leer. Años después, el estudio de Schmitz y sus colegas registró más de cinco mil residentes inscritos y unos 1.300 usuarios activos. Esas cifras pertenecen a momentos distintos, pero apuntan a la misma pregunta: cuántos vecinos podían acceder y cuántos encontraban razones para intervenir con regularidad.

Las discusiones también podían volverse ásperas. Los mensajes agresivos alejaron a algunos participantes y obligaron a la comunidad a debatir cómo sostener un espacio abierto sin que unos pocos terminaran dominándolo. En 1998, la Liga de Mujeres Votantes de Santa Mónica moderó en PEN un foro sobre candidatos y medidas electorales. Los Angeles Times informó que la red seguía activa y que la moderación buscaba evitar que los ataques volvieran a ahuyentar a los usuarios. No hubo un simple final en los años noventa: hubo intentos de renovar la conversación.

La expansión de la web y del correo electrónico cambió el lugar de PEN en la vida digital de Santa Mónica. Kevin McKeown, quien participó en la comunidad y luego fue concejal y alcalde, recuerda que la ciudad presentó un sitio web en 1995 y abrió en 1998 una pasarela de correo electrónico hacia el exterior. PEN dejó de ser el único canal novedoso para comunicarse por computadora, aunque ese mismo año todavía se utilizaba para el foro electoral local.

El politólogo David Karpf describe el final de PEN como una desaparición silenciosa, después de años en que la actividad perdió fuerza y la atención se desplazó hacia otras tecnologías. También señala un límite político: los foros podían orientar y hacer visibles las demandas ciudadanas, pero no tenían autoridad para convertirlas directamente en decisiones municipales. Las fuentes consultadas no establecen una fecha exacta de cierre. Lo que sí permiten reconstruir es un proceso gradual: el auge, las disputas, los intentos de reanimación y, finalmente, el desplazamiento de una red local por nuevas formas de conexión.

PEN no transformó por sí solo la política de Santa Mónica ni resolvió sus desigualdades. Dejó una experiencia más concreta: vecinos que compartieron información, discutieron sus diferencias y se organizaron alrededor de una necesidad local mediante una tecnología nueva. La computadora era el instrumento. La plaza pública la construyeron las personas que entraron, escribieron, leyeron y respondieron. Su historia recuerda que conectar a una comunidad es apenas el comienzo; para que la conversación perdure, también hay que cuidarla.

Bibliografía

Tracy Wilkinson, “Santa Monica Gets Wired: Computer Link to Citizens”, Los Angeles Times, 21 de febrero de 1989. Leer artículo.

Julio Moran, “Computers Forge PEN Pal Link”, Los Angeles Times, 25 de febrero de 1990. Leer artículo.

Joseph Schmitz, Everett M. Rogers, Ken Phillips y Donald Paschal, “The Public Electronic Network (PEN) and the Homeless in Santa Monica”, Journal of Applied Communication Research, volumen 23, número 1, páginas 26–43, 1995. Leer artículo.

Joan Van Tassel, “Yakety-Yak, Do Talk Back!”, WIRED, enero de 1994. Leer artículo.

Rebecca Fairley Raney, “Santa Monica Seeking a Return to Online Civic Forum of Yore”, The New York Times, 8 de septiembre de 1998. Archivo de la autora.

“League of Voters Puts Election Forum Online”, Los Angeles Times, 4 de septiembre de 1998. Leer artículo.

David Karpf, The Internet and Engaged Citizenship, American Academy of Arts and Sciences, 2019, sección “Digital Democracy and the Field of Dreams Fallacy”. Leer estudio.

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