José Carlos Botto Cayo
Internet no apareció en el Perú convertido en aquello que conocemos hoy. No llegó acompañado de Facebook, teléfonos inteligentes, transmisiones en vivo ni aplicaciones capaces de responder nuestras preguntas en cuestión de segundos. Su presencia comenzó de una manera mucho más silenciosa, vinculada a universidades, investigadores, centros académicos y pequeños grupos de personas que intentaban encontrar nuevas formas de comunicarse mediante computadoras. Para quienes vivieron aquella primera etapa, conectarse era una experiencia completamente distinta: había que esperar, conocer algunos comandos y aceptar que detrás de la pantalla existía un territorio nuevo que todavía no tenía mapas claros.
Recordar esos primeros años resulta importante porque la historia de Internet suele contarse desde las redes sociales, como si todo hubiera comenzado con Facebook, YouTube o Twitter. Sin embargo, antes del año 2000 ya existía una intensa vida digital. Había correo electrónico, listas de interés, grupos de noticias, foros, salas de conversación, transferencia de archivos, páginas personales y comunidades formadas alrededor de determinados conocimientos o aficiones. Aquella Internet era más lenta y técnicamente complicada, pero permitió construir los cimientos de una cultura digital que, treinta años después, nos ha llevado hasta un mundo donde millones de personas llevan Internet permanentemente en el bolsillo y comienzan a convivir diariamente con sistemas de inteligencia artificial.
Antes de la Web: cuando conectarse significaba comunicar computadoras
Para comprender los primeros años de Internet debemos apartarnos por un momento de la imagen actual de una red dominada por páginas web. La World Wide Web no fue Internet, sino una de las herramientas que posteriormente se desarrollaron sobre ella. Mucho antes de que los navegadores llenaran nuestras pantallas de fotografías, videos y enlaces, las redes informáticas funcionaban principalmente mediante texto y utilizaban sistemas que hoy parecen pertenecer a una arqueología tecnológica.
Durante los años ochenta, distintas instituciones académicas del mundo comenzaron a conectarse mediante redes de transmisión de datos. El Perú no permaneció completamente al margen de este proceso. Universidades, centros de investigación y profesionales vinculados a la informática comenzaron a explorar las posibilidades de conectar computadoras y compartir información. Las limitaciones eran enormes: los equipos resultaban costosos, las telecomunicaciones eran precarias comparadas con las actuales y no existía todavía una infraestructura nacional pensada para el intercambio masivo de información digital.
En ese mundo previo a la Web existieron tecnologías como X.25, UUCP y Bitnet, además de los llamados BBS, o Bulletin Board Systems. Un BBS podía funcionar desde una computadora conectada a una línea telefónica y permitía que otra persona llamara mediante un módem para intercambiar mensajes, leer información o descargar archivos. La comunicación era mucho más limitada que la actual, pero contenía ya una idea que después sería fundamental: una computadora podía convertirse en un lugar de encuentro.
Aquella primera cultura digital construyó una relación diferente con la tecnología. No se ingresaba a una red esperando encontrar millones de páginas, sino buscando una información concreta, enviando un mensaje o comunicándose con alguien que compartiera los mismos intereses. El valor fundamental no estaba todavía en la cantidad de usuarios, sino en la posibilidad extraordinaria de establecer contacto con personas situadas en otros lugares.
1991: la Red Científica Peruana y el comienzo de una nueva etapa
Uno de los acontecimientos fundamentales en la historia peruana de Internet fue la formación de la Red Científica Peruana (RCP). A comienzos de los años noventa, un conjunto de universidades, organizaciones no gubernamentales, centros de investigación y personas interesadas en las nuevas tecnologías comenzó a desarrollar una infraestructura que permitiera conectar al Perú con redes internacionales de información.
El 1 de diciembre de 1991 quedó registrado un mensaje enviado desde la recién creada RCP mediante el sistema UUCP. El texto anunciaba, en castellano, inglés y francés, que se trataba de uno de los primeros mensajes originados en la nueva Red Científica Peruana. Su importancia no se encuentra solamente en el contenido, que hoy podría parecernos sencillo, sino en lo que representaba: desde una computadora ubicada en Lima era posible ingresar en una estructura internacional de comunicaciones electrónicas y enviar información hacia otros lugares del mundo.
Debemos hacer aquí una precisión histórica. Aquella comunicación de 1991 formaba parte de la etapa inicial de conexión mediante UUCP y otras tecnologías, mientras que la conexión peruana plena mediante los protocolos TCP/IP que caracterizan a Internet se consolidaría posteriormente, en 1994. No fueron momentos contradictorios, sino etapas de un mismo proceso. Primero se construyeron las conexiones y comunidades; después llegó la infraestructura que permitiría acceder de manera más amplia a la Internet que comenzaba a extenderse por el planeta.
El correo electrónico fue una de las primeras herramientas capaces de mostrar las posibilidades de esa transformación. Hasta entonces, comunicarse por escrito con una persona que se encontraba en otro país podía significar utilizar el correo postal, un fax o sistemas empresariales costosos. El correo electrónico alteró esa relación con la distancia. Un mensaje escrito en Lima podía recorrer miles de kilómetros sin papel, sobre ni sello postal, iniciando una revolución que en ese momento pocos podían imaginar en toda su dimensión.
Las comunidades digitales existieron antes que las redes sociales
Uno de los errores más frecuentes cuando se recuerda la historia de Internet consiste en pensar que las comunidades virtuales nacieron con las redes sociales. Mucho antes de Facebook, Hi5 o Instagram, los usuarios ya se organizaban alrededor de intereses comunes. La diferencia estaba en la forma: el centro de aquellas primeras comunidades no era el perfil personal ni la fotografía del usuario, sino el tema sobre el cual se conversaba.
Las listas de correo constituyeron una de las herramientas más importantes de aquella etapa. Una persona podía suscribirse a una lista dedicada a informática, literatura, ciencia, educación, bibliotecología, música o cualquier otro asunto. Cuando uno de sus miembros enviaba un mensaje, este era distribuido entre los demás participantes. Las respuestas podían generar discusiones que continuaban durante días y en las cuales participaban personas que muchas veces nunca habían estado físicamente en el mismo lugar.
Eran verdaderos grupos de interés. Existían moderadores, reglas de comportamiento y maneras particulares de comunicarse. La palabra netiqueta, formada a partir de los conceptos de red y etiqueta, representaba precisamente ese conjunto de normas sociales que comenzaron a aparecer para ordenar la convivencia digital. No escribir todo con letras mayúsculas, respetar el tema de una conversación, citar correctamente aquello que se estaba respondiendo y evitar mensajes innecesariamente extensos eran parte de una cultura que intentaba establecer reglas dentro de un territorio todavía nuevo.
También estaba Usenet, una enorme estructura internacional de grupos de noticias donde las discusiones se organizaban temáticamente. Podían encontrarse conversaciones sobre programación, astronomía, cine, música, ciencia ficción, filosofía, sistemas operativos y miles de asuntos diferentes. Muchas de las discusiones que décadas después pasarían a Facebook, Reddit o diferentes plataformas sociales ya existían, aunque se desarrollaban en espacios donde predominaba el texto.
Esta diferencia resulta importante. La primera Internet social estaba organizada fundamentalmente alrededor de los intereses de las personas. Las redes sociales posteriores comenzarían a organizarla alrededor de las personas mismas. Ese cambio aparentemente pequeño transformaría profundamente la cultura digital.
IRC, chat y la aparición de la conversación en tiempo real
El correo electrónico permitió superar la distancia, pero todavía conservaba algo del ritmo de la correspondencia tradicional. Una persona escribía, enviaba el mensaje y esperaba una respuesta. Las salas de chat y sistemas como IRC —Internet Relay Chat— introdujeron otra experiencia: la posibilidad de mantener conversaciones escritas prácticamente en tiempo real.
Los usuarios ingresaban a canales que normalmente estaban organizados por temas o lugares. Una sala podía estar dedicada a una ciudad, una universidad, un grupo musical, una afición o simplemente a conversar. Cada participante utilizaba un seudónimo o nickname, que se convertía temporalmente en su identidad. En muchos casos nadie conocía el nombre verdadero, el rostro ni la edad exacta de las personas con las que hablaba.
Aquello produjo una de las primeras grandes transformaciones culturales de Internet. La identidad comenzó a separarse parcialmente de la presencia física. Una persona podía ser conocida durante meses únicamente por un nombre escrito en una pantalla y construir amistades con personas situadas en otras ciudades o países. La red comenzó a convertirse no solamente en un medio para buscar información, sino en un espacio de socialización.
La velocidad era modesta y las conexiones podían interrumpirse inesperadamente. A pesar de ello, existía una sensación de descubrimiento difícil de reproducir en la actualidad. Saber que detrás de aquellas palabras había otra persona conectada desde Buenos Aires, Madrid, Nueva York, Arequipa o cualquier otro lugar modificaba nuestra percepción de las distancias.
FTP, Telnet y la Internet que exigía aprender
La Internet de los primeros años tenía además herramientas que actualmente han desaparecido de la experiencia cotidiana de la mayoría de usuarios. FTP permitía transferir archivos entre computadoras; Telnet hacía posible ingresar de manera remota a determinados sistemas; Gopher organizaba información mediante estructuras jerárquicas y los grupos de noticias distribuían conversaciones entre servidores.
No todo se encontraba a la distancia de un clic. Era necesario conocer direcciones, comandos y procedimientos. Muchos usuarios guardaban en cuadernos las direcciones de servidores, nombres de usuarios, instrucciones y sitios que consideraban importantes. La memoria escrita acompañaba a la memoria digital porque todavía no existían buscadores capaces de encontrar prácticamente cualquier contenido mediante unas pocas palabras.
Esa dificultad tenía una consecuencia particular: aprender a utilizar Internet significaba también comprender, aunque fuera parcialmente, cómo funcionaba. El usuario debía involucrarse más con la tecnología. La facilidad que posteriormente brindaron la Web, los buscadores y los teléfonos inteligentes permitió una extraordinaria democratización del acceso, pero al mismo tiempo hizo invisible buena parte de la arquitectura que sostiene nuestras comunicaciones.
1994: Internet llega a un público más amplio en el Perú
En febrero de 1994 la Red Científica Peruana estableció una conexión a Internet mediante TCP/IP utilizando un enlace satelital. Ese mismo año surgiría una iniciativa que terminaría convirtiéndose en una característica fundamental de la historia digital peruana: la cabina pública de Internet.
La RCP instaló en el Centro Cultural Ricardo Palma, en Miraflores, aproximadamente cuarenta computadoras —veinte PC y veinte Macintosh— disponibles para que el público pudiera conocer y utilizar las herramientas de la red. No se trataba simplemente de alquilar una computadora. También se brindaba capacitación porque utilizar Internet todavía requería conocer procedimientos que para la mayoría de personas resultaban completamente nuevos.
La importancia de aquella experiencia resulta difícil de exagerar. El modelo de acceso individual que se estaba desarrollando en Estados Unidos y Europa suponía que cada familia tendría una computadora y contrataría una conexión desde su hogar. En un país como el Perú de mediados de los años noventa, donde una computadora personal representaba una inversión considerable, ese camino habría limitado durante mucho tiempo el número de usuarios.
La cabina pública ofreció una respuesta diferente. En lugar de esperar que cada hogar pudiera comprar una computadora, se compartía la infraestructura. Por una cantidad relativamente pequeña de dinero una persona podía disponer durante una hora de un equipo conectado a Internet. Así comenzó uno de los fenómenos más particulares de nuestra historia tecnológica.
Las cabinas públicas: una escuela informal de Internet
Durante la segunda mitad de los años noventa las cabinas comenzaron a multiplicarse. Primero aparecieron en determinados sectores de Lima y posteriormente se extendieron hacia diferentes ciudades del país. En pocos años se convirtieron en una imagen cotidiana: pequeños locales llenos de computadoras, teclados, impresoras y personas que descubrían un mundo situado detrás de un monitor.
Para muchos peruanos, la primera dirección de correo electrónico no fue creada desde una computadora personal sino desde una cabina. Allí se aprendió a utilizar Hotmail o Yahoo! Mail, se enviaron las primeras fotografías digitalizadas y se establecieron conversaciones con familiares que habían emigrado. La cabina era al mismo tiempo centro de comunicaciones, oficina improvisada, lugar de estudio y espacio social.
Los escolares llegaban para hacer tareas. Los universitarios buscaban documentos que antes habrían requerido horas de consulta en bibliotecas. Los profesionales enviaban currículums. Los jóvenes conversaban en salas de chat y posteriormente jugarían partidas en red. Quienes tenían familiares fuera del país encontraron una manera más económica de mantener una comunicación frecuente.
La cabina pública hizo posible algo particularmente peruano: la socialización del acceso antes de que existiera una verdadera masificación de las computadoras domésticas. Muchas personas aprendieron primero qué era Internet y solamente años después tuvieron una conexión propia. La tecnología ingresó así por las calles comerciales y los barrios antes de instalarse definitivamente dentro de los hogares.
La Web y el nacimiento de las primeras páginas peruanas
Mientras las conexiones comenzaban a extenderse, otra transformación internacional modificaba la manera de navegar: la World Wide Web. La posibilidad de organizar textos, fotografías y enlaces dentro de páginas accesibles mediante un navegador convirtió a Internet en algo mucho más intuitivo. Ya no era necesario memorizar tantos comandos; bastaba seguir enlaces que conducían de un documento hacia otro.
En 1994 apareció Yachay, desarrollado por la Red Científica Peruana y considerado uno de los primeros portales peruanos. El nombre, tomado del quechua y relacionado con el conocimiento y la sabiduría, tenía un significado apropiado para aquella etapa: Internet comenzaba a presentarse como una enorme biblioteca capaz de conectar información procedente de lugares diferentes.
Las primeras páginas eran sencillas. Predominaba el texto, había pocas imágenes y los diseños estaban condicionados por conexiones que hoy consideraríamos extremadamente lentas. Descargar una fotografía podía tardar varios segundos y un archivo grande exigía paciencia. El video en línea era todavía una posibilidad lejana para la mayoría de usuarios.
Sin embargo, la Web produjo un cambio decisivo: Internet comenzó a parecerse a un espacio que podía ser recorrido. Aparecieron páginas personales, portales, directorios, medios de comunicación y sitios institucionales. Poco a poco aquella red dominada por especialistas comenzó a abrirse hacia el ciudadano común.
El periodismo peruano descubre la red
Los medios de comunicación peruanos fueron incorporándose paulatinamente a ese nuevo territorio. El 12 de enero de 1995, Caretas inició una de las primeras experiencias de una publicación peruana en la Web. Al año siguiente, el 15 de mayo de 1996, La República lanzó su versión digital; posteriormente ingresarían El Peruano, RPP y otros medios. El Comercio comenzó su presencia digital el 15 de enero de 1997.
Al principio, muchas publicaciones digitales funcionaban prácticamente como una extensión del producto impreso. Se trasladaban artículos del papel hacia una página web y se mantenían las rutinas tradicionales de producción periodística. Sin embargo, la propia naturaleza de Internet comenzó lentamente a exigir otra forma de trabajar.
La noticia digital podía actualizarse sin esperar la edición del día siguiente. El hipervínculo permitía relacionar una información con documentos anteriores. El archivo dejaba de encontrarse únicamente en una hemeroteca física. El lector podía enviar mensajes de manera inmediata y comenzaba a aparecer una relación diferente entre el medio y su público.
Para el periodismo aquello significó el inicio de un proceso que todavía continúa. Primero cambiaron los soportes, después cambiaron los tiempos de publicación y finalmente comenzó a transformarse el propio concepto de medio. El diario dejó de ser solamente papel; la radio dejó de depender únicamente de un receptor y la televisión comenzó a abandonar la obligación de transmitir exclusivamente mediante una señal tradicional.
Los buscadores y el problema de encontrar información
La expansión de la Web produjo muy pronto un nuevo problema. A medida que aparecían miles y después millones de páginas, resultaba cada vez más difícil saber dónde estaba la información que uno necesitaba. Surgieron entonces directorios y buscadores que intentaban ordenar aquel creciente universo.
Yahoo! comenzó como un directorio organizado por categorías. AltaVista, Lycos, Excite y otros motores permitieron buscar palabras dentro de enormes índices. Para quienes utilizaron Internet durante los años noventa, encontrar una página determinada podía exigir probar diferentes términos y revisar numerosos resultados. Por eso era habitual guardar direcciones en los favoritos del navegador o anotarlas en papel.
Google, fundado en 1998, modificaría posteriormente esa experiencia mediante un sistema que intentaba establecer la relevancia de una página considerando, entre otros elementos, los enlaces que recibía desde otros sitios. En pocos años, buscar en Internet comenzó a convertirse para millones de personas en sinónimo de utilizar un buscador.
Ese cambio tuvo profundas consecuencias culturales. Antes debíamos conocer dónde se encontraba una determinada información. Con los buscadores comenzamos a confiar en que una máquina sería capaz de encontrarla por nosotros. Fue uno de los primeros pasos hacia la delegación de tareas intelectuales que décadas después alcanzaría una dimensión mucho mayor con la inteligencia artificial.
Al comenzar el nuevo siglo: Messenger, foros y una Internet más personal
La Internet que entró en el siglo XXI ya era diferente de la que había existido solamente cinco años antes. Las conexiones mejoraban, las computadoras se volvían más accesibles y millones de personas comenzaban a construir una identidad dentro de la red. El correo electrónico seguía siendo fundamental, pero empezaban a desarrollarse formas de comunicación más inmediatas.
ICQ y, posteriormente, MSN Messenger fueron símbolos de aquella época. La pequeña ventana que mostraba quién estaba conectado modificó nuestras relaciones digitales. Ya no se trataba únicamente de enviar un mensaje para que fuera leído después, sino de saber si la otra persona se encontraba frente a una computadora en ese mismo momento.
Messenger introdujo una serie de elementos que parecen simples cuando los observamos desde el presente, pero que ayudaron a construir la cultura digital posterior. Había estados personales, fotografías, emoticonos, conversaciones individuales y grupales. Las personas comenzaron a permanecer conectadas durante largas horas y aquella presencia digital empezó a convertirse en una prolongación de la vida cotidiana.
Los foros también alcanzaron una presencia importante. Existían comunidades especializadas en informática, automóviles, música, literatura, videojuegos, política, fotografía y prácticamente cualquier actividad. Muchos de estos espacios desarrollaron archivos de conocimientos construidos colectivamente durante años. Una pregunta realizada por un usuario podía recibir respuestas de personas que habían enfrentado previamente el mismo problema.
Los blogs: cuando publicar dejó de ser privilegio de los medios
Otra de las grandes transformaciones de comienzos del nuevo siglo fue la aparición y expansión de los blogs. Antes de ellos, publicar regularmente en Internet podía requerir conocimientos básicos de HTML o acceso a sistemas relativamente complejos. Las plataformas de blogs simplificaron el proceso y permitieron que prácticamente cualquier persona pudiera convertirse en autora y editora de su propio espacio.
Esto produjo una democratización de la publicación. Escritores, periodistas, profesores, especialistas y ciudadanos comenzaron a crear espacios donde compartían opiniones, investigaciones, fotografías, relatos o experiencias personales. Se formaron comunidades de blogs que se enlazaban entre sí y discutían mediante comentarios.
Durante algunos años la llamada blogósfera representó uno de los espacios más dinámicos de Internet. Antes de que las redes sociales centralizaran gran parte de la conversación pública, los blogs mantenían una estructura más descentralizada. Cada autor poseía su espacio y construía alrededor de él una comunidad.
Para el periodismo, aquella aparición resultó particularmente significativa. Por primera vez un ciudadano con conocimientos y constancia podía construir una audiencia considerable sin depender necesariamente de una empresa periodística. Se comenzó a hablar de periodismo ciudadano, medios nativos digitales y nuevas formas de producción informativa.
Hi5, Facebook y el nacimiento de la identidad permanente
Las primeras comunidades virtuales estaban organizadas alrededor de temas. Las redes sociales modificaron esa lógica porque colocaron a la persona en el centro. El usuario ya no era solamente alguien que participaba en una conversación: poseía un perfil donde podía presentarse, publicar fotografías, establecer relaciones y construir una determinada imagen de sí mismo.
En el Perú, Hi5 tuvo una enorme popularidad durante los años previos al dominio de Facebook. Para muchos jóvenes fue su primera experiencia dentro de una red social estructurada alrededor del perfil personal. Se elegía una fotografía, se agregaban amigos, se dejaban comentarios y se personalizaban las páginas.
Facebook llevó ese modelo a una dimensión mucho mayor. Después llegaron Twitter, YouTube, Instagram y numerosas plataformas que cambiaron progresivamente nuestras costumbres. La conversación que antes estaba dispersa entre foros, blogs, listas y páginas personales empezó a concentrarse dentro de grandes compañías tecnológicas.
El cambio no fue únicamente técnico. Transformó la manera como construimos nuestra identidad. La antigua Internet permitía entrar y salir utilizando distintos seudónimos. Las redes sociales comenzaron a exigir una presencia más estable: nombre, fotografías, familiares, amigos, lugares visitados, actividades, preferencias y opiniones podían quedar reunidos dentro de un mismo perfil.
Del usuario que busca al algoritmo que decide
Las redes sociales introdujeron otra transformación que muchas veces pasó inadvertida al principio. En la primera Web, el usuario decidía qué página visitar. Escribía una dirección, seguía un enlace o realizaba una búsqueda. Las plataformas sociales comenzaron a decidir qué contenidos colocar delante de sus ojos.
Apareció así la lógica del algoritmo de recomendación. La plataforma analiza nuestras interacciones y determina qué publicaciones podrían interesarnos. Cada clic, reacción, comentario o tiempo de permanencia se convierte en una señal que ayuda a construir un perfil de comportamiento.
Esta tecnología permitió organizar cantidades enormes de información, pero también modificó la conversación pública. Dos personas podían ingresar a la misma plataforma y recibir contenidos completamente diferentes. Internet dejó de ser solamente una gran biblioteca para transformarse también en un enorme sistema de selección personalizada.
Con ello aparecieron nuevos problemas: cámaras de eco, desinformación, contenidos manipulados, cuentas falsas y una creciente dificultad para distinguir entre popularidad y veracidad. Aquella red que había nacido para conectar conocimientos comenzó también a convertirse en un campo donde diferentes actores competían por capturar nuestra atención.
El teléfono inteligente: cuando dejamos de “entrar” a Internet
Durante los años noventa utilizábamos una expresión que hoy empieza a perder sentido: entrar a Internet. Había que sentarse frente a una computadora, conectarse y, al terminar, abandonar la red. Internet era un lugar al que se ingresaba.
Los teléfonos inteligentes cambiaron completamente esa relación. La conexión dejó de estar vinculada a un escritorio y comenzó a acompañarnos durante todo el día. Cámara, correo, navegador, mapas, música, prensa, mensajería y redes sociales terminaron reunidos dentro de un aparato que llevamos permanentemente con nosotros.
WhatsApp transformó nuevamente la comunicación personal. Los antiguos SMS fueron perdiendo importancia y los grupos familiares, laborales o de amigos pasaron a funcionar dentro de aplicaciones de mensajería. Las notas de voz incorporaron incluso a personas que tenían dificultades o poca costumbre de escribir utilizando un teclado.
En el Perú esta transición resulta evidente. Según el INEI, durante el primer trimestre de 2026 el 62,7 % de los hogares del país tenía conexión a Internet. En Lima Metropolitana la cifra alcanzaba el 82,7 %, mientras que en el área rural llegaba al 25 %. Al mismo tiempo, el 90,7 % de la población usuaria de Internet de seis años o más accedía mediante un teléfono celular. La red que alguna vez conocimos a través de cabinas públicas se encuentra hoy, para la gran mayoría de usuarios, dentro de un dispositivo móvil.
Una revolución que no eliminó las brechas
El crecimiento de Internet podría llevarnos a pensar que la brecha digital ha desaparecido. Las estadísticas muestran una realidad más compleja. Tener acceso mediante un teléfono móvil no significa necesariamente disponer de una computadora, una conexión de alta velocidad ni las capacidades suficientes para aprovechar todas las posibilidades educativas y profesionales que ofrece la tecnología.
La diferencia entre el 82,7 % de hogares conectados en Lima Metropolitana y el 25 % del área rural durante el primer trimestre de 2026 muestra que todavía existe una distancia considerable. La conectividad se ha expandido, pero sus beneficios continúan distribuyéndose de manera desigual.
Existe además otra brecha menos visible: la del conocimiento. Una persona puede utilizar diariamente WhatsApp, TikTok o Facebook y, sin embargo, tener dificultades para realizar búsquedas avanzadas, verificar información, utilizar servicios digitales del Estado o proteger adecuadamente sus datos personales.
La alfabetización digital del siglo XXI ya no consiste únicamente en aprender a utilizar una computadora. Significa comprender cómo funcionan los algoritmos, reconocer una fuente confiable, cuidar la privacidad, detectar posibles engaños y saber cuándo una información requiere ser verificada. Con la llegada de la inteligencia artificial, estas capacidades adquieren todavía mayor importancia.
La pandemia y la transformación definitiva de nuestras costumbres
La pandemia de COVID-19 aceleró procesos que ya estaban en marcha. Millones de personas tuvieron que aprender rápidamente a trabajar, estudiar, realizar trámites y mantener relaciones sociales mediante plataformas digitales. Las videoconferencias, que durante años habían sido una herramienta empresarial relativamente especializada, se convirtieron en parte de la vida cotidiana.
La educación experimentó una transformación particularmente fuerte. Profesores y alumnos ingresaron masivamente a entornos virtuales y comenzaron a utilizar herramientas que anteriormente podían parecer complementarias. El resultado no fue uniforme y reveló nuevamente las desigualdades de conectividad, disponibilidad de equipos y capacitación.
El trabajo también cambió. Muchas organizaciones descubrieron que determinadas actividades podían realizarse desde lugares diferentes. Los documentos migraron hacia servicios en la nube, las reuniones dejaron de depender de una sala física y aparecieron nuevas formas de colaboración digital.
Cuando terminó la emergencia sanitaria, Internet no volvió al lugar que ocupaba antes. Había atravesado definitivamente una frontera: dejó de ser una herramienta adicional para convertirse en parte de la infraestructura cotidiana de nuestras sociedades.
2022: cuando comenzamos a conversar con las máquinas
Durante décadas nuestra relación con Internet siguió una lógica relativamente estable. Nosotros buscábamos información y la máquina trataba de ayudarnos a encontrarla. Escribíamos unas palabras en un buscador y recibíamos una serie de enlaces que debíamos revisar para llegar a nuestras propias conclusiones.
El desarrollo de la inteligencia artificial generativa comenzó a modificar esa relación. El 30 de noviembre de 2022 OpenAI presentó públicamente ChatGPT como un sistema capaz de mantener una conversación mediante lenguaje natural, responder preguntas sucesivas y trabajar siguiendo instrucciones expresadas directamente por el usuario.
La diferencia parece sencilla, pero encierra una transformación profunda. Un buscador encuentra documentos. Una inteligencia artificial generativa puede analizar una instrucción y producir un texto nuevo, resumir información, organizar ideas, ayudar con programación, analizar documentos o generar imágenes y otros contenidos.
La interfaz también cambió. Durante décadas tuvimos que aprender el lenguaje de las máquinas: comandos, menús, botones y estructuras determinadas por los programas. Con la inteligencia artificial ocurre parcialmente lo contrario. La máquina intenta comprender nuestro lenguaje cotidiano.
De buscar respuestas a construirlas
La inteligencia artificial abre una nueva etapa porque modifica la relación entre las personas y el conocimiento. Durante la primera Internet necesitábamos saber dónde estaba la información. Los buscadores aprendieron a localizarla. Las redes sociales comenzaron a recomendárnosla. Ahora los sistemas de inteligencia artificial intentan reorganizarla y producir respuestas a partir de nuestras instrucciones.
Para el periodismo las posibilidades son enormes. Una IA puede ayudar a ordenar grandes cantidades de documentos, transcribir entrevistas, comparar textos, revisar bases de datos o encontrar relaciones entre distintas fuentes. Pero ninguna de esas capacidades elimina la responsabilidad del periodista de comprobar aquello que publica.
Los sistemas de inteligencia artificial pueden equivocarse. En determinadas circunstancias pueden producir datos inexistentes, atribuir incorrectamente una afirmación o generar una respuesta que parece convincente aunque contenga errores. Precisamente por ello, el desarrollo de estas tecnologías obliga a recuperar una de las viejas virtudes del periodismo y la investigación: verificar antes de afirmar.
La paradoja resulta interesante. Cuanto más inteligentes parecen nuestras herramientas, mayor debe ser nuestra capacidad crítica. La tecnología puede ayudarnos a recorrer el camino, pero todavía necesitamos decidir hacia dónde vamos y comprobar que aquello que encontramos corresponde con la realidad.
El Perú frente a la inteligencia artificial
El Perú también ha comenzado a construir un marco institucional para esta nueva etapa. La Ley N.° 31814 estableció disposiciones destinadas a promover el uso de la inteligencia artificial en favor del desarrollo económico y social. Su Reglamento fue aprobado mediante el Decreto Supremo N.° 115-2025-PCM, publicado el 9 de septiembre de 2025, incorporando principios vinculados con seguridad, transparencia, supervisión humana, responsabilidad e inclusión.
Posteriormente, mediante la Resolución Ministerial N.° 152-2026-PCM del 29 de abril de 2026, se aprobó la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial 2026-2030. El documento plantea una política de alcance nacional destinada a ordenar y articular las intervenciones del Estado vinculadas con el desarrollo, utilización y gobernanza de esta tecnología.
La existencia de normas constituye solamente una parte del desafío. El desarrollo de la inteligencia artificial requiere infraestructura, educación, investigadores, profesionales capacitados, protección de datos y ciudadanos capaces de comprender tanto las posibilidades como los riesgos de estas herramientas.
Al igual que ocurrió con Internet durante los años noventa, no basta con recibir una nueva tecnología. El verdadero desafío consiste en aprender a utilizarla de acuerdo con nuestras necesidades y evitar que las diferencias económicas o educativas vuelvan a colocar a una parte importante del país al margen de una transformación mundial.
Tres décadas de transformación
Si observamos el camino recorrido, la velocidad del cambio resulta extraordinaria. En 1991 una conexión mediante UUCP capaz de enviar un mensaje internacional representaba una experiencia tecnológica avanzada. Pocos años después, las cabinas permitieron que miles de peruanos descubrieran el correo electrónico y la Web. Posteriormente aparecieron los chats, Messenger, los blogs, las redes sociales y finalmente los teléfonos inteligentes.
Cada etapa incorporó nuevas posibilidades, pero también fue dejando atrás algo de la cultura anterior. Las listas de interés cedieron terreno ante los foros; los foros frente a las redes sociales; los blogs perdieron parte de su centralidad ante plataformas que ofrecían publicación inmediata; los directorios fueron sustituidos por buscadores y hoy los propios buscadores comienzan a incorporar inteligencia artificial.
Sin embargo, aquellas tecnologías no desaparecen completamente. Sus ideas sobreviven dentro de las herramientas actuales. Un grupo de WhatsApp continúa teniendo algo de aquellas antiguas listas de correo. Una comunidad en Facebook conserva parte de la lógica de los viejos foros. Una conversación en una plataforma social mantiene elementos de los antiguos canales de IRC.
La historia digital no avanza destruyendo completamente aquello que existió antes. Muchas veces toma sus ideas, las simplifica y las incorpora dentro de nuevas tecnologías.
De una red de computadoras a una red de nuestra vida cotidiana
Quizá la transformación más profunda no sea tecnológica sino cultural. Internet comenzó como una manera de conectar computadoras. Después conectó instituciones, documentos y personas. Finalmente terminó conectando buena parte de nuestras actividades cotidianas.
Hoy utilizamos la red para trabajar, conversar, escuchar música, mirar películas, pagar cuentas, estudiar, comprar, vender, solicitar un taxi, buscar una dirección, leer un periódico o mantener una conversación con alguien que se encuentra al otro lado del planeta. Muchas actividades que todavía a comienzos del siglo XXI exigían desplazarnos físicamente pueden ahora realizarse desde una pantalla.
Esta integración tiene un costo. Cada vez entregamos más información sobre nuestras actividades, preferencias y movimientos a diferentes sistemas digitales. La privacidad, la protección de datos y la seguridad informática se han convertido en problemas centrales de nuestro tiempo.
La primera Internet nos preguntaba si queríamos estar conectados. La Internet actual plantea una pregunta diferente: cómo queremos vivir dentro de una sociedad permanentemente conectada.
El camino que comenzó detrás de un módem
Quienes escucharon alguna vez el sonido metálico de un módem tratando de establecer una conexión telefónica pueden comprender mejor la dimensión del cambio. Había que esperar mientras una computadora intentaba encontrar a otra. Después aparecía una pantalla y comenzaba el recorrido.
No teníamos teléfonos inteligentes ni cámaras digitales permanentes. Las páginas tardaban en aparecer y muchas fotografías descendían lentamente por la pantalla. Un archivo que hoy descargamos en segundos podía exigir varios minutos y una interrupción telefónica podía terminar con todo el trabajo realizado.
Pero existía algo que merece ser recordado: el descubrimiento. Cada nueva página parecía abrir una ventana. Cada correo procedente de otro país demostraba que las distancias podían vencerse. Cada grupo de interés permitía encontrar personas que compartían conocimientos, dudas o pasiones.
Aquella sensación quizá sea una de las mejores formas de comprender la historia de Internet. No se trató únicamente de una sucesión de tecnologías. Fue una ampliación progresiva de nuestros espacios de comunicación.
Internet y la inteligencia artificial: el comienzo de otra etapa
Durante más de treinta años la evolución de Internet estuvo dirigida principalmente hacia una misma idea: acercarnos a la información y a otras personas. La inteligencia artificial introduce ahora una variable diferente porque la propia herramienta comienza a participar activamente en la construcción del contenido.
Estamos pasando de una Internet donde principalmente leíamos y publicábamos hacia otra donde también podemos dialogar, crear y analizar junto con sistemas artificiales. Todavía no sabemos con precisión hasta dónde llegará esta transformación ni cuáles serán todas sus consecuencias sociales, educativas, laborales y culturales.
Probablemente dentro de algunos años observaremos las actuales herramientas de inteligencia artificial con la misma curiosidad con la que hoy miramos una computadora de los años noventa. Las tecnologías cambiarán, los sistemas serán más capaces y seguramente aparecerán formas de interacción que todavía no imaginamos.
Pero existe una continuidad que atraviesa toda esta historia. Detrás del correo electrónico de 1991, de una cabina pública en 1994, de un canal de IRC, de una página de 1997, de un blog, de Facebook, de un teléfono inteligente y ahora de una inteligencia artificial, permanece la misma necesidad humana: comunicarnos, aprender, crear y dejar alguna señal de nuestro paso por el mundo.
Internet ha cambiado muchas veces de rostro, pero conserva esa antigua promesa. Al comienzo fueron unas pocas computadoras intentando encontrarse mediante líneas telefónicas. Hoy son miles de millones de personas, máquinas y sistemas intercambiando información prácticamente a cada instante.
El siguiente capítulo ya comenzó. Y como ocurrió en aquellos primeros años, todavía estamos aprendiendo a escribirlo.
Bibliografía y fuentes consultadas
- Red Científica Peruana / archivo histórico de Internet en América Latina. Registro del primer mensaje UUCP originado en la RCP, 1 de diciembre de 1991.
- Nishiyama, Alberto. RPP Noticias. “Antes del teletrabajo: Así era la primera cabina de Internet del Perú”. Información sobre la conexión TCP/IP de 1994 y la primera cabina pública instalada por la Red Científica Peruana.
- Yezers’ka, Lyudmyla y Zeta de Pozo, Rosa. “Veinte años de medios digitales en el Perú (1995-2015)”. Investigación sobre los primeros medios peruanos en Internet y el desarrollo del periodismo digital.
- Instituto Nacional de Estadística e Informática — INEI. “Las Tecnologías de Información y Comunicación en los Hogares: I Trimestre 2026”. Estadísticas sobre hogares conectados y dispositivos utilizados para acceder a Internet en el Perú.
- Presidencia del Consejo de Ministros. Decreto Supremo N.° 115-2025-PCM, Reglamento de la Ley N.° 31814, y Resolución Ministerial N.° 152-2026-PCM, que aprueba la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial 2026-2030.
- OpenAI. “Presentamos ChatGPT”, publicación del 30 de noviembre de 2022 sobre el lanzamiento público del sistema conversacional.

