José Carlos Botto Cayo
Durante buena parte de la historia reciente, las grandes transformaciones tecnológicas del trabajo parecían llegar al Perú con cierto retraso. Primero aparecían en las economías desarrolladas, luego penetraban lentamente en las grandes empresas nacionales y, finalmente, alcanzaban a una parte del resto del mercado laboral. La inteligencia artificial está alterando esa secuencia. Desde la expansión de herramientas de inteligencia artificial generativa a partir de 2022 y 2023, trabajadores peruanos de áreas administrativas, financieras, educativas, comerciales, comunicacionales y tecnológicas han comenzado a utilizar sistemas capaces de redactar documentos, resumir información, analizar datos, producir imágenes, escribir código, atender consultas y automatizar procesos que antes exigían horas de trabajo humano. El cambio no significa, al menos hasta ahora, que millones de empleos hayan desaparecido. Significa algo más gradual y posiblemente más profundo: el contenido de numerosas ocupaciones está empezando a modificarse. El trabajador continúa existiendo, pero una parte de aquello que hacía personalmente puede ser ejecutada, acelerada o asistida por una máquina. Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo estimó que, para el Perú, alrededor del 76 % de los trabajadores se encuentra en ocupaciones donde al menos el 10 % de las tareas podría estar expuesto a grandes modelos de lenguaje; cuando se eleva considerablemente el umbral de exposición, la proporción disminuye de manera pronunciada. La diferencia permite comprender la verdadera dimensión del fenómeno: la inteligencia artificial tiene capacidad para intervenir en muchísimos empleos, pero eso no equivale a afirmar que pueda sustituirlos completamente.
Esa distinción resulta fundamental para comprender el caso peruano. Hasta el momento, las estadísticas nacionales no muestran un colapso general del empleo atribuible a la inteligencia artificial. Por el contrario, el Instituto Nacional de Estadística e Informática informó que durante 2025 la población ocupada aumentó 1,5 % respecto de 2024 y llegó a 17 millones 575 mil 200 personas. La verdadera modificación se está produciendo dentro de los puestos de trabajo y en las condiciones que determinan quién accede a ellos. Las empresas comienzan a valorar capacidades relacionadas con inteligencia artificial, análisis de información y manejo de herramientas digitales, mientras algunas actividades repetitivas pueden realizarse con menos tiempo y menos intervención humana. El Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo ha reconocido esta tendencia al señalar que la inteligencia artificial, el pensamiento analítico y la alfabetización digital se encuentran entre las competencias que están adquiriendo mayor importancia en el mercado laboral peruano de 2026. El debate, por consiguiente, ya no puede reducirse a preguntar cuántos puestos destruirá una computadora. La cuestión central es determinar qué trabajadores serán capaces de adaptarse a una economía donde una parte creciente del valor dependerá de saber utilizar sistemas inteligentes y qué ocurrirá con aquellos que no tengan educación, conectividad, capacitación o condiciones laborales que les permitan incorporarlos.
Del reemplazo de tareas a la transformación de las profesiones
La primera consecuencia visible de la inteligencia artificial en el trabajo peruano es la aceleración de tareas que antes consumían una parte considerable de la jornada. Un abogado puede obtener en segundos un resumen inicial de un expediente extenso; un contador puede clasificar información y detectar inconsistencias con herramientas automatizadas; un diseñador puede producir versiones preliminares de una pieza gráfica; un programador puede apoyarse en asistentes de código; un vendedor puede elaborar comunicaciones personalizadas para distintos clientes; un profesor puede preparar materiales o estructuras iniciales para una clase. Ninguno de esos ejemplos implica necesariamente la desaparición del profesional. Lo que disminuye es el tiempo destinado a ciertas labores intermedias. La Organización Internacional del Trabajo sostiene precisamente que la transformación de las ocupaciones constituye, en términos globales, un escenario más probable que la sustitución completa del trabajador por la inteligencia artificial generativa. Su índice actualizado en 2025 concluyó que aproximadamente uno de cada cuatro trabajadores del mundo se encuentra en una ocupación con algún grado de exposición a estas tecnologías, aunque la exposición mide la posibilidad de que determinadas tareas sean afectadas y no constituye una predicción automática de pérdidas de puestos.
Esta transformación introduce una modificación silenciosa en el significado de la productividad. Antes, un trabajador que producía diez informes durante una semana podía ser considerado eficiente; hoy, con determinados instrumentos de inteligencia artificial, podría generar borradores de esos documentos en una fracción del tiempo. La ventaja para la empresa parece evidente, pero sus consecuencias laborales dependen de cómo se utilice esa ganancia. Una organización puede aprovechar el tiempo liberado para aumentar la producción, mejorar el servicio, reducir errores y asignar al trabajador tareas de mayor complejidad. También puede optar por reducir personal si considera que un número menor de empleados puede realizar el mismo volumen de trabajo. Entre ambos extremos existe una amplia gama de decisiones empresariales que todavía está desarrollándose. La evidencia internacional recopilada por la OIT advierte que la inteligencia artificial puede aumentar capacidades humanas y productividad en numerosas ocupaciones, aunque sus efectos no serán iguales para todos los trabajadores ni para todos los sectores.
En el Perú, ese proceso probablemente será especialmente visible en los empleos administrativos y de oficina, donde una cantidad importante de actividades depende del manejo de textos, documentos, registros, comunicaciones y bases de datos. También alcanza progresivamente al marketing, las finanzas, los servicios profesionales, la educación, la atención al cliente y las industrias creativas. La expansión de estas tecnologías puede modificar incluso los puestos de entrada que tradicionalmente permitían a los jóvenes adquirir experiencia. Una organización que antes contrataba asistentes para redactar comunicaciones preliminares, ordenar documentos o producir reportes básicos puede realizar parte de esas tareas mediante sistemas automatizados. El problema no consiste solamente en la eventual reducción de ciertas posiciones, sino en la posibilidad de que desaparezcan algunos escalones iniciales de aprendizaje profesional. Al mismo tiempo, aparecen funciones distintas: supervisar resultados generados por máquinas, verificar información, integrar herramientas digitales en procesos empresariales, gestionar datos y controlar riesgos asociados con la automatización. El mercado no se limita a destruir y crear profesiones; redefine las fronteras internas de profesiones que ya existían.
Las propias vacantes laborales muestran señales de ese movimiento. Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo basado en más de seis millones de ofertas de empleo publicadas en línea en quince países latinoamericanos entre 2022 y 2025 encontró un rápido incremento de las vacantes relacionadas con inteligencia artificial durante 2025. Son posiciones todavía minoritarias dentro del conjunto del mercado laboral, pero relevantes porque las habilidades asociadas con IA se están extendiendo más allá de los especialistas dedicados exclusivamente a programación o ciencia de datos. Paralelamente, el Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo y la Fundación Romero anunciaron en enero de 2025 unas 400 mil becas para cursos virtuales de capacitación laboral, incluyendo 24 nuevos cursos vinculados con inteligencia artificial aplicada al trabajo. El mensaje implícito es importante: conocer estas herramientas empieza a convertirse en una competencia transversal, comparable a lo que ocurrió durante décadas anteriores con el dominio de programas de oficina, internet o plataformas digitales.
El gran límite peruano: informalidad y brecha digital
Hablar del impacto de la inteligencia artificial en el Perú obliga, sin embargo, a observar una característica que diferencia profundamente al país de las economías donde se concentra buena parte del debate tecnológico: la informalidad. De acuerdo con información del INEI correspondiente al periodo julio de 2025 a junio de 2026, alrededor del 69,3 % de la población ocupada tenía un empleo informal. Eso significa que prácticamente siete de cada diez trabajadores se encuentran en empleos sin las condiciones de protección que caracterizan al empleo formal. Una tecnología que transforme rápidamente la actividad de bancos, grandes empresas, consultoras, universidades o departamentos administrativos puede tener un impacto inmediato en una parte del mercado formal urbano, pero avanzar mucho más lentamente entre vendedores independientes, agricultores familiares, pequeños comerciantes, trabajadores manuales y millones de personas cuya actividad económica se desarrolla fuera de estructuras empresariales tecnológicamente intensivas.
Esta realidad genera una aparente paradoja. La informalidad puede retrasar la automatización de una parte importante del empleo peruano y, al mismo tiempo, aumentar la desigualdad entre quienes pueden utilizar inteligencia artificial y quienes permanecen al margen. Un trabajador de una empresa moderna que tenga computadora, conexión rápida, capacitación y acceso a sistemas avanzados puede multiplicar su productividad. Un trabajador independiente que realiza una actividad semejante, pero carece de esas condiciones, puede quedar progresivamente en desventaja. Una investigación conjunta de la OIT y el Banco Mundial estimó que entre el 26 % y el 38 % de los empleos de América Latina y el Caribe presenta algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa; entre el 8 % y el 14 % podría beneficiarse de transformaciones asociadas con aumentos de productividad, mientras que entre el 2 % y el 5 % estaría expuesto a un potencial de automatización con las capacidades actuales. Una parte considerable del beneficio potencial, sin embargo, queda limitada por la falta de acceso efectivo a las tecnologías digitales.
El caso peruano ilustra con claridad esa dificultad. Los cálculos realizados por Gmyrek, Winkler y Garganta muestran que aproximadamente el 13,8 % del empleo peruano presenta características compatibles con un potencial de aumento de productividad mediante inteligencia artificial generativa. Sin embargo, unos 5,1 puntos porcentuales corresponden a trabajadores que tienen acceso a una computadora en el trabajo, mientras aproximadamente 8,7 puntos se encuentran limitados por no disponer de ella en su actividad laboral. Es una cifra reveladora porque muestra que una parte considerable del desafío peruano no consiste en desarrollar modelos de inteligencia artificial propios ni competir inmediatamente con las grandes empresas tecnológicas internacionales. El problema previo es mucho más elemental: conseguir que trabajadores y pequeños negocios tengan herramientas digitales, conectividad efectiva, formación y capacidad para incorporar tecnologías que ya existen.
La brecha tampoco puede medirse únicamente preguntando cuántos peruanos tienen un teléfono celular. El INEI informó que durante el primer trimestre de 2025 el 95,2 % de los hogares disponía de telefonía móvil, pero solo el 58,9 % contaba con servicio de internet en el hogar y aproximadamente el 36,8 % disponía de una computadora. Un teléfono inteligente permite acceder a muchas aplicaciones de inteligencia artificial, pero no siempre ofrece las mismas condiciones para desarrollar actividades profesionales complejas, analizar grandes documentos, trabajar con bases de datos, programar o ejecutar procesos empresariales. Por ello, la expansión de la IA puede producir dos velocidades laborales: una economía formal y urbana que incorpore rápidamente sistemas inteligentes y otra parte del país que continúe trabajando con niveles bajos de digitalización. Si esa distancia aumenta, la inteligencia artificial no solo diferenciará profesiones; también podría ampliar las diferencias de productividad entre empresas grandes y pequeñas, entre distintas regiones y entre trabajadores con mayor educación y quienes han tenido menos oportunidades de formación.
El trabajador que empieza a valer de otra manera
Uno de los efectos más importantes de esta transformación es que el valor profesional comienza a desplazarse desde la capacidad de ejecutar determinadas tareas hacia la capacidad de comprenderlas, supervisarlas y tomar decisiones sobre ellas. Cuando una máquina puede producir un primer borrador, el valor del periodista reside más en investigar, contrastar y comprender que en escribir rápidamente; si un sistema puede elaborar código elemental, el programador necesita fortalecer su capacidad para diseñar arquitectura, detectar errores y entender problemas complejos; cuando una herramienta puede redactar un contrato preliminar, el abogado debe aportar criterio jurídico, interpretación y responsabilidad profesional. La inteligencia artificial no elimina automáticamente el conocimiento: hace más visible la diferencia entre conocer realmente un campo y limitarse a ejecutar procedimientos repetitivos. Esa distinción puede favorecer a los profesionales capaces de combinar experiencia especializada con dominio tecnológico, mientras vuelve más vulnerables ciertas posiciones cuyo contenido consiste principalmente en producir resultados estandarizados.
También cambia la relación entre experiencia y aprendizaje. Durante décadas, muchas personas comenzaron su vida profesional realizando tareas relativamente simples y, mediante ellas, adquirieron el conocimiento necesario para asumir responsabilidades mayores. La automatización obliga a replantear ese recorrido. Si la IA realiza el trabajo más elemental, el joven profesional puede encontrarse con que las empresas esperan desde el comienzo capacidades que anteriormente se desarrollaban después de varios años de práctica. Por eso la capacitación no puede limitarse a enseñar cómo formular instrucciones para un sistema generativo. Se necesitan competencias analíticas, comprensión del negocio, comunicación, pensamiento crítico, capacidad para detectar errores y conocimientos específicos de cada profesión. El MTPE ha señalado precisamente una creciente combinación entre habilidades tecnológicas y socioemocionales en los perfiles demandados durante 2026, lo que indica que la adaptación laboral no pasa exclusivamente por aprender a manejar un determinado programa.
Existe, además, un riesgo menos visible: confiar excesivamente en herramientas cuya producción necesita supervisión humana. Un trabajador que utiliza inteligencia artificial puede producir más rápido, pero también puede introducir errores, información falsa, interpretaciones incorrectas o datos confidenciales en plataformas que no fueron diseñadas para recibirlos. En profesiones como medicina, derecho, contabilidad, educación, periodismo o administración pública, una respuesta aparentemente convincente puede provocar consecuencias importantes si nadie comprueba su exactitud. La productividad generada por la IA, por tanto, no depende exclusivamente de utilizarla, sino de saber cuándo desconfiar de ella. Esa capacidad será probablemente una de las diferencias centrales entre el empleado que simplemente accede a una herramienta y el profesional que realmente sabe integrarla en su trabajo.
Por esta razón, el futuro del empleo peruano no parece encaminado hacia una sustitución inmediata y masiva de seres humanos por máquinas. Los datos existentes describen una transición más compleja: ocupaciones que conservan su nombre pero cambian de contenido, empresas que buscan nuevas competencias, trabajadores que producen más con herramientas digitales y otros que corren el riesgo de quedarse rezagados. El desafío peruano es especialmente delicado porque la revolución de la inteligencia artificial se superpone a problemas anteriores que todavía no han sido resueltos: una informalidad cercana al 70 %, desigual acceso a computadoras y conectividad, diferencias educativas y fuertes brechas territoriales. La tecnología puede convertirse en una herramienta capaz de aumentar la productividad de un país que la necesita con urgencia, pero esos beneficios no se distribuirán de manera automática. En los próximos años, saber utilizar inteligencia artificial probablemente dejará de ser una habilidad excepcional y comenzará a formar parte de numerosas actividades ordinarias. La verdadera diferencia estará entre quienes puedan emplearla para ampliar su conocimiento y quienes descubran que una parte del mercado laboral avanzó hacia nuevas exigencias antes de que ellos tuvieran la oportunidad de prepararse.
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