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Identidad digital: lo que somos en Internet y cómo aprender a protegerlo

José Carlos Botto Cayo

Internet ya no es solamente un lugar al que entramos para buscar información. Hoy trabajamos, compramos, hacemos operaciones bancarias, conversamos, compartimos fotografías, guardamos documentos y dejamos opiniones dentro de la red. Muchas de esas acciones parecen pequeñas y cotidianas, pero juntas van formando una imagen bastante completa de nosotros. A veces somos conscientes de ello y otras veces no pensamos demasiado en todo lo que queda después de cerrar una página o apagar el teléfono.

A esa suma de datos, publicaciones, cuentas, fotografías, preferencias y movimientos se le conoce como identidad digital. Es una especie de retrato construido poco a poco mientras utilizamos Internet. El problema comienza cuando parte de esa información queda demasiado expuesta o termina en manos de personas que pueden utilizarla para engañarnos, ingresar a nuestras cuentas o incluso hacerse pasar por nosotros. Por eso proteger nuestra identidad digital se ha convertido en una necesidad bastante más cercana de lo que muchas veces imaginamos.

Una huella que vamos dejando todos los días

Cada vez que abrimos una cuenta, escribimos un comentario, compramos algo o publicamos una fotografía dejamos algún tipo de rastro. Algunos son evidentes porque nosotros mismos decidimos compartirlos. Otros se van acumulando mientras utilizamos distintas aplicaciones y servicios. Con los años, esa información puede terminar repartida entre redes sociales, tiendas, correos electrónicos, servicios financieros y muchas plataformas que quizá ya ni recordamos.

Basta hacer una prueba sencilla: escribir nuestro nombre en un buscador. Muchas veces aparecen fotografías antiguas, perfiles abandonados, publicaciones, noticias o comentarios que permanecieron allí durante años. Algunas cosas todavía pueden representarnos y otras pertenecen a una época distinta. Sin embargo, para quien las encuentra por primera vez, todas forman parte de una misma persona. Allí comienza también lo que conocemos como reputación digital.

No toda esa información depende de nosotros. Una fotografía puede ser publicada por otra persona, alguien puede mencionarnos en una red social y determinados servicios conservan información relacionada con nuestra actividad. Internet posee una memoria bastante extensa y, aunque existen mecanismos para eliminar determinados contenidos, no siempre podemos controlar dónde fueron copiados o compartidos después.

Por eso la identidad digital no debería entenderse solamente como aquello que mostramos voluntariamente. También está formada por todo lo que dejamos alrededor. Conocer esa diferencia resulta importante porque no podemos proteger algo que ni siquiera sabemos que existe.

Cuando alguien intenta utilizar lo que somos

Para un ciberdelincuente no siempre hace falta conocer demasiadas cosas sobre una persona. Un correo electrónico, un número de teléfono, una contraseña filtrada o algunos datos obtenidos de redes sociales pueden ser suficientes para comenzar un intento de fraude. A partir de allí aparece el mensaje que parece venir de un banco, la supuesta compra que debemos cancelar o aquella advertencia que asegura que nuestra cuenta será bloqueada si no actuamos inmediatamente.

La mayoría de estos engaños busca provocar una reacción rápida. El mensaje introduce miedo, urgencia o curiosidad para evitar que pensemos demasiado. Allí continúa funcionando el conocido phishing, una técnica que sigue teniendo enorme importancia. El informe de amenazas de ENISA correspondiente a 2025 señala que el phishing representó aproximadamente el 60 % de los mecanismos iniciales de acceso observados en los incidentes analizados.

Eso demuestra algo interesante. Podemos tener sistemas cada vez más modernos, teléfonos capaces de reconocer nuestro rostro y aplicaciones que utilizan inteligencia artificial, pero buena parte de la seguridad continúa dependiendo de una decisión bastante sencilla: creer o no creer en aquello que aparece frente a nosotros. Los atacantes pueden mejorar sus herramientas, pero todavía necesitan que alguien abra un enlace, entregue una contraseña o acepte una solicitud.

Cuando recibimos un mensaje extraño conviene evitar esa respuesta inmediata. Podemos cerrar la comunicación, abrir nosotros mismos la aplicación oficial o ingresar directamente a la página conocida. Si realmente existe un problema con nuestra cuenta, debería aparecer allí. Esa pequeña diferencia entre reaccionar y comprobar puede evitar que entreguemos información a quien no corresponde.

Las contraseñas también han cambiado

Durante muchos años se recomendó crear contraseñas con una combinación obligatoria de mayúsculas, minúsculas, números y símbolos, además de modificarlas cada cierto tiempo. Aquellas reglas terminaron generando claves difíciles de recordar y, en muchos casos, provocaron que las personas repitieran la misma contraseña en diferentes servicios o hicieran cambios mínimos que resultaban bastante fáciles de adivinar.

Las recomendaciones actuales del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos, NIST, han cambiado ese enfoque. Cuando una contraseña funciona como único factor de acceso, la guía actual establece un mínimo de quince caracteres y deja de exigir determinadas combinaciones de símbolos o mayúsculas. Tampoco recomienda obligar a cambiar la contraseña periódicamente si no existe evidencia de que haya sido comprometida.

En la práctica, lo más importante es utilizar claves largas, distintas para cada servicio y difíciles de relacionar con nuestra vida personal. Allí los gestores de contraseñas pueden resultar bastante útiles porque permiten almacenar muchas claves diferentes sin necesidad de recordarlas todas. El propio NIST recomienda utilizar este tipo de herramientas y acompañarlas con sistemas de autenticación multifactor.

También están creciendo las llamadas passkeys o claves de acceso, que permiten identificarnos mediante dispositivos y mecanismos como la huella digital o el reconocimiento facial. No significa que las contraseñas desaparecerán mañana, pero sí demuestra que la seguridad está avanzando hacia sistemas donde demostrar quiénes somos no dependa solamente de recordar una palabra secreta.

Redes públicas, páginas seguras y algunas ideas antiguas

Hace algunos años se repetía que conectarse a una red Wi-Fi pública era casi una invitación para que alguien interceptara nuestras comunicaciones. Esa recomendación tenía bastante sentido cuando gran parte de la navegación no estaba protegida mediante cifrado. Hoy la situación es diferente porque buena parte de los sitios utiliza HTTPS, lo que permite que la información viaje cifrada entre nuestro dispositivo y la página a la que estamos conectados.

Eso no significa que podamos utilizar cualquier red sin prestar atención. Todavía existen redes falsas que imitan los nombres de hoteles, aeropuertos, cafeterías o centros comerciales. También podemos terminar entrando a una página creada específicamente para parecerse a otra. La seguridad no depende solamente de la conexión, sino también de saber a dónde estamos ingresando.

Algo parecido ocurre con el conocido candado que aparece en el navegador. Muchas personas todavía lo interpretan como una garantía de que una página es legítima, cuando en realidad indica principalmente que la conexión está cifrada. Un sitio falso también puede utilizar HTTPS. Por eso sigue siendo importante comprobar el nombre del dominio y prestar atención cuando una página solicita información que normalmente no pediría.

Las VPN pueden aportar privacidad y ser útiles en determinados escenarios, especialmente cuando utilizamos redes que no controlamos. Sin embargo, tampoco convierten cualquier conexión en completamente segura. Si nosotros mismos entregamos una contraseña dentro de una página falsa, ninguna VPN podrá corregir esa decisión. La herramienta puede proteger la comunicación, pero no puede decidir por nosotros dónde debemos confiar.

Actualizar, revisar y limpiar también es seguridad

Las actualizaciones suelen aparecer cuando menos queremos verlas. Estamos trabajando, queremos utilizar el teléfono o simplemente preferimos postergarlas para otro momento. El problema es que muchas de ellas no solamente incorporan nuevas funciones. También corrigen fallas de seguridad que ya fueron descubiertas y que podrían estar siendo aprovechadas.

Mantener actualizados el sistema operativo, el navegador y las principales aplicaciones es una de las medidas más sencillas que podemos tomar. Cuando existe la posibilidad, activar las actualizaciones automáticas evita que una vulnerabilidad permanezca abierta durante meses simplemente porque nunca encontramos un buen momento para instalar la nueva versión.

También conviene revisar cada cierto tiempo las aplicaciones que tenemos instaladas y los permisos que les concedimos. Muchas veces aceptamos acceso a la cámara, ubicación, contactos o fotografías sin detenernos demasiado a pensar por qué una aplicación necesita esa información. Después dejamos de utilizarla, pero los permisos pueden seguir allí.

Hacer una limpieza periódica resulta bastante útil. Eliminar aplicaciones que ya no usamos, cerrar cuentas abandonadas y revisar quién puede ver nuestras publicaciones permite reducir una parte de esa exposición. No se trata de desaparecer de Internet, sino de dejar de entregar información a servicios que ya no forman parte de nuestra vida.

Mirarnos alguna vez desde el otro lado

Buscar nuestro propio nombre en Internet sigue siendo una de las maneras más sencillas de conocer nuestra identidad digital. Puede parecer un ejercicio de curiosidad, pero en realidad permite comprobar qué información puede encontrar cualquier otra persona sin necesidad de conocernos.

Podemos descubrir un perfil antiguo, una fotografía que continúa pública, datos profesionales desactualizados o publicaciones realizadas hace muchos años. También podremos encontrar información correcta que nos interesa conservar. La finalidad no es eliminar todo, sino saber qué existe y decidir cuánto de eso queremos mantener visible.

En algunos casos será posible modificar configuraciones de privacidad o eliminar cuentas. En otros tendremos que solicitar la retirada de determinada información a la plataforma correspondiente. Y habrá situaciones en las que no podremos hacer demasiado porque aquello fue publicado por terceros o reproducido en otros lugares. Precisamente por eso resulta mejor revisar nuestra presencia digital antes de que aparezca un problema.

Nuestra identidad en Internet no necesita ser perfecta ni completamente invisible. Lo importante es que no termine siendo construida únicamente por aquello que fuimos dejando sin pensar. Conocer lo que existe nos permite recuperar, al menos en parte, el control sobre esa imagen.

Aprender a cuidar lo que somos

La identidad digital continuará creciendo mientras utilicemos Internet. Cada nueva cuenta, aplicación o servicio añadirá algo a ese conjunto de información. No existe una manera razonable de participar plenamente de la vida digital sin dejar alguna huella, y tampoco tendría demasiado sentido intentarlo.

Lo que sí podemos hacer es reducir los riesgos. Utilizar contraseñas diferentes, activar una segunda verificación, mantener actualizados nuestros dispositivos, revisar permisos y desconfiar de los mensajes que intentan apresurarnos son medidas bastante sencillas. Ninguna garantiza una protección absoluta, pero juntas hacen mucho más difícil que alguien pueda aprovecharse de nosotros.

La tecnología seguirá cambiando y probablemente también cambiarán las formas utilizadas para cometer fraudes. Hoy hablamos de phishing, contraseñas o redes falsas; mañana aparecerán nuevas herramientas capaces de imitar voces, imágenes y comunicaciones con mayor precisión. Sin embargo, una parte de la protección continuará dependiendo de nuestra capacidad para detenernos antes de entregar información.

Al final, cuidar nuestra identidad digital no es demasiado diferente de cuidar nuestra identidad fuera de Internet. No dejamos nuestros documentos en cualquier lugar ni entregamos las llaves de nuestra casa a una persona desconocida. En la red deberíamos mantener la misma precaución, porque aquello que dejamos allí también termina formando parte de lo que somos.

José Carlos Botto Cayo

Bibliografía

European Union Agency for Cybersecurity – ENISA. ENISA Threat Landscape 2025. Unión Europea, octubre de 2025.

National Institute of Standards and Technology – NIST. Digital Identity Guidelines: Authentication and Authenticator Management. Special Publication 800-63B-4. Estados Unidos, 2025.

National Institute of Standards and Technology – NIST. How Do I Create a Good Password? Gaithersburg, Maryland, actualizado el 20 de agosto de 2025.

National Institute of Standards and Technology – NIST. Digital Identity Guidelines – Frequently Asked Questions. Estados Unidos.

European Union Agency for Cybersecurity – ENISA. Cybersecurity Threat Landscape Methodology. Unión Europea, agosto de 2025.

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